Demasiada vanidad, poco espíritu

Demasiada vanidad, poco espíritu

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En Portugal, el obispo Edir Macedo alerta sobre la preocupación excesiva por lo exterior que reina en los días de hoy, cuando todos deberían ocuparse por su interior y por la calidad de su relación con Dios

El obispo Macedo habló, recientemente, a los fieles de la IURD de Portugal, sobre la excesiva preocupación respecto a la apariencia, algo incentivado intensamente en detrimento del espíritu.

En la Sede Internacional de Europa, más precisamente en Lisboa, capital portuguesa, el obispo destacó que hay una preocupación exagerada en el mundo en que vivimos. Una preocupación presente todos los días a la que, lamentablemente, se accede con facilidad a través de los medios: la televisión, los diarios y las revistas, por ejemplo.

Impera la superficialidad. El exterior es valorado en extremo. Se le da mucha importancia a lo que es joven, bello, que encaja en las ‘medidas’ que la sociedad dicta.

Sin embargo, la realidad no fue siempre así. En los tiempos bíblicos, por ejemplo, se valoraba lo que realmente importa. Este es un extracto de lo que el obispo Macedo dijo el pasado domingo, a los portugueses:

“Una cosa es atender a las necesidades del cuerpo, de la materia y otra muy diferente, es atender a las necesidades del cuerpo espiritual, de nuestro interior. Quien es inteligente, cuida del interior más que de su exterior; porque cuando se está bien interiormente, se está igualmente de bien exteriormente; mientras que si usted estuviera mal en su interior, todas las ofertas que puedan hacerle, nunca lo satisfarán”.

Para ejemplificar, el obispo habló de la historia de Abraham, que realmente se preocupaba por su interior, por la calidad de su relación con Dios.

Al contrario del patriarca bíblico, hoy en día las personas buscan “espejismos” para llenar el vacío que, muchas veces, crearon por sí mismas por atender exageradamente el exterior:

“Muchos, para satisfacer sus ojos, compran compulsivamente. Pero, como dice la Biblia: ‘¿de qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?’ (Marcos 8:36). Nuestro cuerpo, nuestra carne desaparecerá y muchos continúan preocupándose sólo por el exterior, mientras que será la interior  la parte que vivirá eternamente. Y recuerde, usted sólo puede cambiar el destino de su alma mientras esté vivo y Jesús, en Su grandeza, permite que veamos eso.”

Su alma no tiene apariencia física. No envejece. Sobrevivirá toda la eternidad.

Este cuerpo muere, el alma no.

Y Jesús vino justamente para salvar el alma. “Usted ama todo lo que tiene, pero todo se queda, ¡porque su alma se va sola!”, concluyó el obispo, alertando sobre la necesidad de darle mayor atención a nuestro interior, a la relación con Dios- pues ésta si garantiza nuestro futuro, la calidad de vida, y por toda la eternidad.

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