Una mujer cualquiera…

Una mujer cualquiera…

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20150728La mujer de Amram se llamó Jocabed, hija de Leví, que le nació a Leví en Egipto; esta dio a luz de Amram a Aarón y a Moisés, y a María su hermana. Números 26:59

Normalmente, cuando se quiere hablar de alguna mujer de la Biblia, los nombres que aparecen son los de Sara, Rebeca, Raquel, Ester, Rut, Débora… Poco se habla de Jocabed, incluso casi nada. Eso es porque su historia está inserta en una historia mayor, y las personas terminan atendiendo mucho más al protagonista Moisés que a las personas que formaron parte de su vida.

Así como hoy, muchos solo logran ver a aquellos que aparecen, y no logran ver que otras personas contribuyeron en la historia de ese hombre o de esa mujer de Dios.

Yo me identifico mucho más con Jocabed que con Moisés, pues ella fue madre como yo, y solo por eso pasó por diversos desiertos…

– Ella vivió durante la esclavitud de Egipto y tuvo que ver a sus hijos Aarón y María pasar por toda la humillación de vivir una vida que no les pertenecía. Si nos angustiamos cuando nuestros hijos toman decisiones incorrectas en la vida, imagínese lo que ella pasó al ver a sus hijos no pudiendo ni siquiera tomar decisiones.

– Cuando Moisés nació, ella vivió la angustia de saber que en cualquier momento podían matar a su recién nacido por orden del Faraón. Entonces, lo escondió hasta que no pudo más. En vez de poder aprovechar los momentos felices con aquel nuevo bebé, Jocabed sufrió al esconderlo de todo y de todos.

– Llegó el día en el que tuvo que elegir entre ver a su hijo morir o dejarlo en las Manos de Dios – literalmente. Lo puso en el río Nilo y confió. Yo ya pasé por algo semejante y puedo decir que no hay dolor mayor para una madre que tener que ver a su hijo partir, sin saber hacia dónde va, cómo va a estar, cómo va a sobrevivir, sin ninguna garantía… solo el Espíritu Santo para sustentarnos en esas horas.

– Ella tuvo un alivio momentáneo al recibir a su hijo de vuelta para amamantarlo, pero sabía que, en breve, tendría que devolvérselo a la princesa de Egipto. Me puedo imaginar a Jocabed diciéndose a sí misma: “No te apegues a este niño…”, con lágrimas en los ojos, abrazando, besando y sintiendo el olor del niño el tiempo que lo tenía en sus brazos.

– Jocabed vio desde lejos a su hijo siendo criado por otra mujer y en medio de personas que odiaban a su pueblo. Tuvo que ver a su hijo amado adorando a dioses falsos y viviendo como si ella no existiese hasta su vida adulta. Es así, amigos, Moisés no salió del palacio durante aproximadamente 40 años. Imagínese, ¡una eternidad para una madre!

– Y como si eso no bastara, Jocabed se enteró de que su hijo había tenido que huir de Egipto sin tener noticias de él en los siguientes cuarenta años (y, aun así, debe haber muerto antes de verlo volver a Egipto, pues la Biblia no la menciona más). Todas las mañanas ella debía recordar a su hijo y se preguntaría: “¿Acaso aún está vivo?”

Amigas, cuando leemos la historia de Moisés, no nos imaginamos cuánto le costó a su madre toda su trayectoria de vida. Ella formó parte de la historia de un hombre que Dios escogió para salvar a su pueblo. No iba a ser una historia cualquiera, él no iba a ser un hombre más, por eso el tamaño del sacrificio.

Sí, los sacrificios tienen tamaños.

Cuanto mayor sea el plan de Dios para su vida, mayor será el sacrificio que Él requerirá de usted. Cuanto mayor la lucha, mayor será la conquista. Y el mayor de todos los sacrificios es confiar que Dios está en el control, aun cuando todo parece estar fuera de control.

Jocabed no fue una mujer cualquiera, ni yo lo quiero ser.