Tirando el caballo

Tirando el caballo

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20161027

¿Ya vivió la experiencia de ayudar a alguien y no ser reconocido por eso? ¿Ya sirvió con todas sus fuerzas y aparentemente no recibió ninguna recompensa por su servicio? A veces la ingratitud es tanta que ni siquiera un agradecimiento es dado.
Sucedió exactamente así con Mardoqueo, primo de la reina Ester.

Cierto día, descubrió un plan para quitarle la vida al rey Asuero. Inmediatamente, hizo que la reina lo supiera, con el fin de que se lo contara a su marido. A causa de eso, el monarca escapó de la muerte, y los conspiradores fueron llevados a la horca. Mardoqueo no hizo eso con la intención de ser honrado, sino porque era justo y temeroso de Dios.

Pero, siendo Asuero el hombre con mayor poder y autoridad en Persia, tenía condiciones de reconocer el bien que había recibido. Sin embargo, ¡no lo hizo! Dejó ese gesto simplemente registrado en el libro real. Si la buena acción de Mardoqueo, en aquella época, pasó prácticamente desapercibida, con el transcurso del tiempo, cayó completamente en el olvido.

Sin embargo, una cierta noche en la que Asuero no lograba dormir, ordeñó que sus siervos le leyeran los registros del libro. Se halló que estaba escrito sobre lo que Mardoqueo había hecho para salvar la vida del rey (Ester 6:1-2).

Mientras que el ser humano tiene una memoria débil y un corazón ingrato, el Altísimo es lo opuesto. Por eso, provocó en aquel monarca una noche de insomnio para que Su siervo Mardoqueo pudiera ser honrado. Vea:

Y dijo el rey: ¿Qué honra o qué distinción se hizo a Mardoqueo por esto? Y respondieron los servidores del rey, sus oficiales: Nada se ha hecho con él. Ester 6:3

En el exacto momento en el que el rey decidía recompensar a Mardoqueo, llegaba Amán, su primer ministro y un archienemigo del pueblo judío. Amán había acabado de preparar la horca para ejecutar a Mardoqueo, debido a tanto odio que alimentaba hacia él. Cuando el rey le preguntó a Amán cómo se debería honrar a un hombre que le agradara, él pensó que el rey iba a honrarlo por sus servicios prestados al reino.
Amán ansiaba tanto por gloria que quedó aprisionado en su propia codicia.

Siendo así, él sugirió un tipo de honra digna de un rey, que dejaría a todas las personas admiradas. Él le respondió al rey que ese hombre debería estar vestido con las vestiduras del rey, debería estar montado en el caballo real y que además debería tener sobre su cabeza la corona de Asuero. Además de eso, Amán sugirió que esta persona montada en el caballo debería ser conducida por las calles de la ciudad por las manos de un noble que pregonara en alta voz:

Así se hará al varón cuya honra desea el rey. Ester 6:8-9

Amán ya estaba con el pecho inflado imaginándose en aquella escena, cuando oyó las palabras que más lo decepcionaron. El rey le dijo que debía apresurarse, pues haría exactamente eso con Mardoqueo.

Mardoqueo desfiló por las calles de la ciudad con toda la pompa, siendo conducido por Amán, que tiraba de las riendas del animal y gritaba: “¡Así se hará al varón cuya honra desea el rey!”

¡Es muy fuerte! Todos deben haber quedado admirados con lo que estaban presenciando. Esa gran honra no vino porque el rey era muy bueno, sino porque Dios así lo deseó. Él preparó aquel momento especial para el siervo que Le agradó.

Aprendemos que quienes buscan su propia honra serán deshonrados. Pero que aquellos que sirven esperando la recompensa del Señor Jesús ciertamente serán recordados por Él. Y cuando el Altísimo desea honrar a un siervo Suyo, nada ni nadie lo puede impedir.

Esto sirve de alerta para los que hoy humillan y ridiculizan a aquellos que son de Dios. Pues, mañana, además de tener que “tirar del caballo para ellos”, tendrán que admitir que el Señor a Quien ellos sirven es grande y temible en toda la tierra.

Hemos visto esta honra en el trabajo realizado por la Iglesia Universal del Reino de Dios en todo el mundo. Cuanto más ha sido víctima de injusticia, perseguida y humillada, más ha sido honrada por el Espíritu Santo. ¡Los frutos están para probar esto! Solo no lo ve quien no quiere.