Sin lugar para la misericordia

Sin lugar para la misericordia

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Todos los años se dan a conocer datos preocupantes sobre personas en situación de calle. Según un relevamiento de la ONG Defendamos Buenos Aires, más de 8 mil duermen a la intemperie en el Area Metropolitana. De ellos, 6400 en la provincia y unas 1600 en la Ciudad. Son aquellos que no vieron otra opción que dejar su vida atrás para ir de un lado al otro, sin hogar permanente.

Betty Menacho supo lo que era perder todo y tener que vivir sin techo. Intentó formar una familia, pero nada salió como lo esperaba: “Conocí a mi esposo y desde el principio sufrí maltratos. Él era adicto a las drogas y al alcohol. Había golpes y peleas y llegó a consumir cocaína”.

En su angustia, Betty encontró refugio en el alcohol. Notó que la única manera de sobrevivir era escapar del hombre que más amaba. Junto a su hija dejaron todo atrás para conservar su vida, un día más: “Me escondía de mi esposo porque tenía miedo de que me hiciera daño”.

De pronto ella se dio cuenta que ya no tenía donde vivir: “Mi alcoholismo hizo que nadie me recibiera. Eso me llevó a una situación de calle. Iba de un sitio a otro. Debajo de un puente o en el subte cuando llovía. Pero, a donde fuera, me echaban o él iba a buscarme”.

La calle de la angustia

La adicción al alcohol y el terror la consumían: “Una vez, mi esposo me golpeó tanto que me escapé debajo de un puente. Ese día tenía ganas de matarme. Incluso pensaba en asesinar al que pasara por ahí. No tenía a quien pedirle ayuda”.

Lo más difícil no era el maltrato, sino ver a su hija a lo borde de la muerte: “Lo peor fue cuando vi a mi nena agonizando. Ni siquiera tenía plata para llevarla al médico. Ella tenía ataques, se ahogaba. Llegué a pensar que era mejor que muriera, para que después, yo me pudiera matar. Respiraba por ella, en ese mundo, vivir era una pérdida.

Estando en la calle, escuchamos la radio de la Universal. Había tenido una discusión fuerte con mi esposo y él me golpeó.

Me acerqué y cuando llegué me senté bien atrás. Una obrera se acercó, le dije que tenía hambre. Me compró un sánguche y me regaló ropa. Me sentí contenida”.
Mi visión fue cambiando. El domingo siguiente mi esposo me acompañó. Él dejó las adicciones el mismo día. Quería salir de la calle urgente. Mi marido comenzó a trabajar y pude alquilar una piecita”.

Cuando llegó la Hoguera Santa de Israel, ella decidió que necesitaba hacer un voto con Dios: “Creí que mi vida iba a transformarse. Dejé atrás, el pasado, el odio y mi dolor”.

El tiempo pasó y la mujer que vivía en la calle disfruta una realidad que nunca soñó: “Dios me dio mi casa y autos. Estamos adquiriendo nuestro departamento. Nos mudamos hace poco a un barrio de ensueño. Tenemos una fábrica textil y nuestra marca. También cosemos para clientes de grandes firmas. Mi hija fue curada y la familia reconstruida”.

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