Primero usted, después el prójimo

Primero usted, después el prójimo

Por

Alice fue desbastada, se sentía muy mal por lo que estaba pensando, pero en el fondo sabía que Clara tuvo su parte de culpa. Si al menos la amiga hubiera escuchado los consejos que le dio tantas veces. Pero no, ella prefería vivir a la sombra de su marido.

Alice y Clara eran amigas desde la infancia, jugaban juntas y estudiaron en el mismo colegio. En la adolescencia, la amistad de ambas se estrechó más aún. Parecían hermanas, de tan apegadas que eran. Donde estaba una, estaba la otra.

Eran amigas y confidentes. Cuando Clara era soltera, solían pasar noches enteras despiertas, conversando y riéndose de las divertidas situaciones que pasaban.

Fue Alice quien arregló  para que Clara y Alex se conocieran. Tímida, Clara, no tenía coraje de acercarse al muchacho, entonces, la amiga hizo de Cupido. Y funcionó.

Pero ni siquiera el noviazgo fue capaz de separarlas. Más tarde, Clara se ocupó de mantener a Alice cerca de ella. Le presentó al hermano de su novio, a quien le encantó Alice y le propuso ser su novio. Entonces sí, las dos parejas, podían salir juntos. Al menos una vez a la semana salían los cuatro – iban al cine, al shopping, a shows, al teatro, o simplemente a tomar algo.

Sin embargo, cuando Clara y Alex se casaron, el distanciamiento entre las dos amigas fue inevitable.

No es que el casamiento haya causado ese distanciamiento, sino que sus vidas tomaron rumbos diferentes. Alice estaba concentrada en su nuevo trabajo y en los estudios, quería crecer profesionalmente y conquistar su independencia financiera, mientras que Clara comenzó a vivir para su marido.

Alice intentó convencer a su amiga a invertir más en sí misma, a sacar el foco de su marido y buscar hacer una actividad que le diera placer. Le sugirió un curso. Le haría bien a ella para su propia relación. Pero Clara decía que no, pensaba que su papel era cuidar la casa y a su marido.

Hoy Alice recibe un llamado de Clara llorando desconsoladamente. Su marido la abandonó.

Simplemente dijo que no la amaba más y se fue.

Clara estaba completamente perdida, como si alguien de una forma abrupta, le hubiera arrancado el suelo donde se mantenía en pie.

Alice intentó calmar a su amiga y hacerla entender que, por peor que parecieran las cosas, siempre existe una luz al final del túnel.

Muchas veces Dios permite que lleguemos al fondo del pozo para que – una vez sin salida – miremos hacia lo Alto.

Clara necesitaba ese golpe para comenzar a mirarse a sí misma, cosa que no hacía desde que se había casado. Necesitaba entender que los demás sólo nos valoran – y eso incluye a su  marido – cuando nos damos el valor que nos corresponde.

Es imposible despertar el amor en los demás, si nosotras mismas no nos amamos. Es necesario amar al prójimo, sí, pero primero debemos amarnos nosotras mismas.

El segundo mayor mandamiento es “amar al prójimo como a ti mismo”, no es al revés.

No es en vano que se le llama “prójimo”. Eso quiere decir que antes que el prójimo, existe alguien, y ese alguien somos nosotros mismos. Primero usted, después el prójimo.

Clara, finalmente, comenzaba a entender eso.

Aunque parecía, no era demasiado tarde.

Nunca lo será.