Predadores de almas

Predadores de almas

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El mundo es cruel. No hay cómo escapar de él sin resultar herido. Su crueldad hacia los hijos de la Luz es sin límites. Por eso, los que lo aman se convierten en enemigos de Dios.

Sin embargo, peor que este mundo es la hipocresía.

La hipocresía se caracteriza por la manifestación de virtudes fingidas. La fe fingida, los buenos sentimientos fingidos, la compasión fingida, etc.

Es el diabólico arte del fingimiento que condena al justo y premia al injusto.

“El príncipe de las tinieblas es un caballero.” (William Shakespeare)

Jesús fue arrestado, juzgado y condenado por el mundo de la fe fingida, el mundo de la hipocresía.

En compensación, antes de eso, profetizó su destino final. Todos sus habitantes están encuadrados en esa profecía. Mateo 23.

A Sus discípulos les advirtió: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.” (Lucas 12:1)

La función de la levadura es hacer crecer el pan o la torta y darle una apariencia saludable y sabroso.

Apariencia. La hipocresía usa la apariencia.

Jesús no hubiera hecho tal observación si la fe disimulada de los fariseos no le causara tanto mal a la fe sincera de los nuevos cristianos.

Hoy en día, creo que la levadura religiosa ha arrastrado más almas al infierno que el mundo impío.

Hábil en el manejo de la letra bíblica, el hipócrita tiene facilidad para identificar, aproximarse, convencer y, finalmente, devorar a los iniciados en la pura fe cristiana.

Son verdaderos predadores de almas.

No tienen compasión de sus presas, porque un día también fueron víctimas.

Si usted, lector, ha sido cuidadoso en preservar su fe de la contaminación del mundo, nunca baje la guardia, nunca se desarme y siempre manténgase muy atento, especialmente cuando esté delante de “hermanos”.

No piense que por tener una Biblia en la mano y hablar como un “hermano” tenga la misma fe. ¡Cuidado!

No importa si es de la misma iglesia o denominación; no importa si es miembro, obrero, auxiliar, pastor o incluso obispo. Todo cuidado es poco.

No le preste atención a su apariencia, conversaciones, gentilezas o cosas parecidas.

Recuerde: el predador de almas es cauteloso, hábil y le gusta adular. Nunca dice lo que piensa. Es tremendamente peligroso.
La orden de nuestro Señor Jesús es: ¡guardaos!…

El apóstol Juan advierte: “probad los espíritus…” (1 Juan 4:1)

Su fe es su mayor tesoro. Es personal e intransferible. Es su línea directa de comunicación con Dios. La salvación de su alma depende de ella. Si la pierde, nadie va a prestarle la suya y estará irremediablemente perdido.

Y el Espíritu de mi Dios, según su infinita misericordia, le instruirá, como ha hecho conmigo, para no correr ningún riesgo de perder su fe.


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