Omar y Abdul

Omar y Abdul

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Hay una leyenda antigua que expone al ridículo los increíbles hechos de odio y envidia que alcanzan al corazón de los hombres. Hombres que desprecian el mayor tesoro que existe, es decir, el amor de Dios, para envidiar cosas pasajeras, como los bienes materiales.

En el interminable desierto de Kazajistán, dos miserables, Omar y Abdul, caminaban lado a lado, buscando un oasis donde pudieran refugiarse del calor exhaustivo y matar la sed que los afligía.

Los dos habían sido muy ricos. Eran negociantes establecidos en el rubro de la venta de alfombras. Ganaron mucho dinero y, porque tenían sus bazares uno enfrente del otro, en una de las principales calles de la ciudad de Pertião, se convirtieron en terribles rivales.

Vivían acusándose y denunciando los fraudes uno del otro, y aunque eran primos, la rivalidad que había entre ellos era mayor que cualquier vínculo sanguíneo.

En el deseo de juntar más dinero, los dos hacían cualquier negocio. Falsificaban mercaderías, exageraban en los precios, engañaban en el vuelto, y evadían los impuestos, además de robarles a los empleados.

Pasaban el día al frente de sus negocios, sentados en bancos pequeñitos, uno enfrente del otro. De vez en cuando se cruzaban miradas, cuando el tráfico de la calle se los permitía, para desviarlas enseguida, como si no notaran la existencia del otro.

¡Toda una mentira! En realidad vigilaban cada cliente que entraba a los bazares. Si alguno salía cargado con muchos productos, lo que significaba un buen negocio, el rival se moría de envidia, mientras que el que había hecho el negocio volvía a la puerta del bazar para exhibir su sonrisa, acariciándose lentamente la gran barriga.

Eran tanta la envidia entre los dos que cada uno envió una carta a los fiscales del rey, denunciando las irregularidades del otro. Ambos fueron condenados. Por ironía del destino, la noche en la que huyeron, antes que fueran encarcelados, se encontraron en la misma carretera, sufriendo juntos la aridez del desierto.

Cada paso que daban, discutían, se acusaban, se acordaban de la riqueza que habían dejado atrás. Se lamentaban y reconocían la estupidez que habían hecho. Se ponían de acuerdo en andar nuevamente juntos, y más adelante estaban luchando otra vez.

Luego de muchas horas, cuando caía la tarde, anunciando en vientos el frío que asola todas las noches el desierto, los dos miserables, que habían perdido todo en la vida, a excepción de los malos sentimientos, ya exhaustos, lloraron en altavoz y clamaron a Dios por un socorro.

Fue entonces que un ángel se les apareció e iluminó todo alrededor con la luz de su rostro.

– Omar y Abdul, vine para salvarlos. ¡Pidan lo que quieran y os será concedido!

Al oír eso, los dos explotaron de alegría. Se imaginaron los palacios, siervos y siervas, reinos, fortunas, comercios, alfombras, propiedades y principalmente escapar de ese desierto sin fin. ¡Todo era como un sueño!

– Recuerden que ustedes se destruyeron a sí mismos. Ahora les doy la oportunidad de recuperar sus vidas y sus familias. Sin embargo, tendrán que aprender el segundo mandamiento de la Ley de Dios: ¡el amor al prójimo! Uno de ustedes hará la petición que más ansía su corazón. Pueden pedir lo que mejor existe en el mundo, que considere. Entonces, al otro le daré el doble, para que el deseo de uno bendiga aún más al otro – finalizó el ángel.

– ¡Abdul! Piensa con cuidado en todas las maravillas que tus ojos ya vieron, en los lugares que pasaste y en los libros que leíste, y que no se te olvide pedirlos a todos – gritó Omar.

– ¡Amigo este consejo que me das es para ti mismo! ¡Jamás pediré las maravillas que deseo, pues sé que las recibirás duplicadas!

Comenzó la pelea otra vez. ¡Mucho peor que antes! En minutos estaban revolcados por el piso, uno intentando forzar al otro a hacer la primera petición.

– ¡Pide, miserable! ¡Pide o te reviento a puñetazos! – gritaba uno.

– ¡Nunca! ¡Tú eres quien va a pedir, aunque tenga que matarte, desgraciado! – respondía el otro.

Entonces el más fuerte, Omar, prevaleciendo en la lucha, apretaba el cuello del otro hasta que, ya no resistiendo más, gritó la siguiente petición:

– ¡Pido que me sea concedido el deseo de quedarme ciego de un ojo!

A lo que siguió el grito desesperado:

– ¡Maldito! ¿Dónde estás desgraciado, que no te veo más?

El amor al dinero es realmente la raíz de todos los males, como dice la Sagrada Biblia. Y la envidia que eso causa no tiene límites. Parece que para el que ama el dinero no le basta solo ser rico, sino que es necesario que también los demás sean pobres y le tengan envidia. La derrota del otro le da más alegría que su propia victoria.

Cuando nos alegramos y oramos por la victoria, no de los que nos aman, sino de los que nos odian, es cuando nos volvemos hijos del Altísimo. Él, por amor a la humanidad, que Lo desprecia, aun así dio a Su Hijo Jesús para salvarla.

Es eso lo que dice uno de los más lindos versículos de la Biblia:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Juan 3:16

Dios ama, y porque ama da lo mejor que tiene: ¡Su Hijo! ¡El diablo odia, y porque odia, roba!

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