«No tenemos árabes. Tampoco tenemos judíos. Tenemos seres humanos»

«No tenemos árabes. Tampoco tenemos judíos. Tenemos seres humanos»

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arabes14No es de hoy que los judíos y los palestinos viven en conflicto. Desde que fue creado el Estado de Israel, en 1948, la tensión entre los dos pueblos solo aumenta, debido a que los árabes nunca aceptaron la división del territorio palestino y la ocupación de los judíos.

Y se añade a esa verdadera tensión, la que se fomentan diariamente los medios de comunicación en general, que ponen a los judíos y árabes en un mismo «paquete», como si todos, sin excepción, compartieran el mismo odio.

Pero para el israelí Kobi Tzafrir,  dueño de un restaurante en Jerusalén, no es tan así.

Y para probarlo, él decidió crear una promoción que da el 50% de descuento a los judíos y árabes que acepten compartir la mesa. En la promoción, divulgada en la página del restaurante en el Facebook, él dice: «¿Miedo a los árabes? ¿Miedo a los judíos? No hay árabes. Tampoco judíos. Hay seres humanos.»

La intención es mostrar que no todos los judíos y árabes apoyan este conflicto, por el contrario, alientan a que se restablezca la paz y, dentro de su alcance, intentan promover la unión y la armonía entre los dos pueblos. La promoción es un éxito.

Lo que Dios abomina

La actitud de este israelí nos da una lección de cómo actuar en medio de las discusiones y contiendas. En vez de fomentarlas, disiparlas; en vez de comprar la pelea, apaciguarla; no dejándonos influenciar por las circunstancias, comentarios o apariencias, pues en una historia, la razón siempre dependerá del punto de vista.

Imagínese si el dueño del restaurante, en vez de intentar promover la paz con esa iniciativa, decida promover el odio, que ya está latente, colocando una placa en la puerta de su restaurante prohibiéndole la entrada a los árabes, ¿por ejemplo? ¿cuál sería el resultado de eso? Más odio y prejuicio, más hostilidad, más muerte y más guerra.

En el libro de Proverbios, capítulo 6, del versículo 16 al 19, el salmista David advierte: «Seis cosas aborrece el Señor, y aun siete abomina su alma: los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos.»

Dios no solo los desaprueba, sino que abomina a quienes siembran contiendas entre hermanos; el término hermano aquí no se trata de hermanos de sangre, sino del prójimo.

En la epístola a los Romanos, el apóstol Pablo aconseja:

«Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.» (Romanos 12:18)

Fue exactamente lo que ese joven hizo. Tal vez su actitud no tenga grandes proporciones, pero sin dudas, es de un enorme significado, teniendo en vista el contexto histórico en el que está insertado. Incluso corriendo el riesgo de que lo critiquen, él eligió no solo hacer la diferencia, sino sobre todo, ser diferente.

Cualquiera puede destacarse en determinado momento de la vida, pero ser diferente es algo permanente, y son pocos, muy pocos los que tienen la valentía necesaria para eso.

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