La verdadera alianza con Dios

La verdadera alianza con Dios

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Cuando Dios llamó Abraham y le dijo: “Haré de ti una nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:2-3), pasaron muchos años sin que Abraham hubiera visto esas promesas cumplirse.

Cuando llegó a los 99 años de edad, Dios se le apareció nuevamente y le dijo: “No temas, Abram, yo soy tu escudo, y tu recompensa será muy grande.” Mientras tanto Abraham respondió: “Como no me has dado prole, mi heredero será un esclavo nacido en mi casa” (Génesis 15:1,3).

Vea amigo lector, Abraham quería solo un hijo a quien pudiera abrazar, que fuera carne de su carne, sangre de su sangre. A veces, la persona tiene fe pero piensa de una forma tan pequeña que llega a ser difícil de comprender.

Dios le respondió: “No te heredará éste, sino que un hijo tuyo será el que te herede. Entonces lo llevó fuera y le dijo: Mira ahora los cielos y cuenta las estrellas, si es que las puedes contar. Y añadió: Así será tu descendencia.” (Génesis 15:4).

Cuando Abraham contempló las estrellas, creyó en Dios y vio en cada una de ellas un descendiente. Él se sorprendió, quedó maravillado, estupefacto, al igual que nosotros, cuando estuvimos en el Monte Horeb, y vimos una lluvia inigualable de estrellas, y un cielo muy azul, contrastando con las piedras y el desierto. Que cosa extraordinaria, ¡linda e indescriptible!

Al ver las estrellas del cielo, él creyó. Eso lo hizo justificado y perfecto delante de Dios. Creer es tener certeza, y esa certeza es la fe sobrenatural que hace que el milagro suceda.

Le preguntó Abram a Dios: “Señor Dios, ¿en qué conoceré que la he de heredar?. El Señor le dijo:-Tráeme una becerra de tres años, una cabra de tres años y un carnero de tres años; y una tórtola y un palomino. Tomó Abram todos estos animales, los partió por la mitad y puso cada mitad enfrente de la otra; pero no partió las aves.” (Génesis 15:8-10).

¿Sabe por qué Abraham partió al medio los animales y una mitad estaba frente a la otra? Porque una mitad representaba Dios y la otra a él mismo. Vea, Dios estaba allí, haciendo una alianza con Abraham, y eso exigió sacrificio. En la antigüedad, esa era la forma de hacer una alianza y eso significaba que si una de las partes no cumpliera la promesa, la otra podría hacerle lo mismo que le hizo a esos animales.

La alianza con Dios exige sacrificios. Primero fue el del Señor Jesús en la cruz, dando su propia vida; después, el del cristiano renunciando su propia vida, su voluntad, sus deseos incluso la propia libertad para seguirlo, y transformarse en un siervo de Dios. El sacrificio tiene que ser de ambas partes y eso incluye lo que Dios realizó en el Calvario, sumado al que tenemos que realizar personal e individualmente.

Una alianza es como un casamiento. La mujer representa la Iglesia y el hombre representa Jesús. Ambos tienen que renunciar a muchas cosas, y ofrecer otras, es decir, sacrificar a fin de ser fieles uno al otro. Es preciso ser consiente de la importancia y grandeza de lo que significa esa alianza, y de los derechos que la persona adquiere cuando se une a Dios. Cuando acepté a Jesús como Señor y Salvador, me convertí en un siervo de Dios, comencé a obedecerlo y sacrifiqué mi propia voluntad.

Amigo lector, hoy, cada una de aquellas estrellas representan a mí, a usted y a todo aquel que tiene al Señor Jesús como su Salvador. Para nosotros, representa la Iglesia Universal del Reino de Dios, esparcida por el mundo.

Me quedo maravillado, impresionado por las cosas que Dios nos ha mostrado. Él es grandioso, glorioso, magnífico, y Su poder son mayores que lo que nuestra imaginación puede alcanzar.

Que en este instante, el Espíritu de Dios venga a envolverlo y lo haga fuerte, invencible e inquebrantable en su fe. Los que están prostrados se levanten y se posicionen para la batalla contra el mal. Que los enfermos sean curados y los oprimidos liberados, y aquellos que están presos sean convertidos, transformados, y se conviertan en hombres de Dios.

Sí, ya que el poder de Dios es capaz de hacer que cada persona que está del lado adverso de la vida, venga a ser un instrumento de Su gloria, porque está escrito: “donde abundó el pecado, superabundó la gracia”.

Y para todos aquellos que nos persiguen, nos odian y nos quieren mal, le pedimos a Dios, la gracia, el bien, y la misericordia; pues si conociera al Señor Jesús, no nos perseguirían. Que vengan a conocerlo; hay muchos que, como el apóstol Pablo, después de conocer al Dios vivo, de perseguidores pasaron a perseguidos.

Que todo el pueblo de la Iglesia Universal sea fortalecido, bendecido y engrandezca siempre el nombre del Señor Jesús.