La Presencia de Dios: El Mayor Tesoro

La Presencia de Dios: El Mayor Tesoro

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“Y acostumbraba hablar el Señor con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo. Cuando Moisés regresaba al campamento, su joven ayudante Josué, hijo de Nun, no se apartaba de la tienda. Y Moisés dijo al Señor: Mira, Tú me dices: ‘Haz subir a este pueblo’; pero Tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Además has dicho: ‘Te he conocido por tu nombre, y también has hallado gracia ante Mis ojos’. Ahora pues, si he hallado gracia ante Tus ojos, Te ruego que me hagas conocer Tus caminos para que yo Te conozca y halle gracia ante Tus ojos. Considera también que esta nación es Tu pueblo. Y Él respondió: Mi presencia irá contigo, y Yo te daré descanso. Entonces Le dijo Moisés: Si Tu presencia no va con nosotros, no nos hagas partir de aquí. ¿Pues en qué se conocerá que he hallado gracia ante Tus ojos, yo y Tu pueblo? ¿No es acaso en que Tú vayas con nosotros, para que nosotros, yo y Tu pueblo, nos distingamos de todos los demás pueblos que están sobre la faz de la tierra? Y el Señor dijo a Moisés: También haré esto que has hablado, por cuanto has hallado gracia ante Mis ojos y te he conocido por tu nombre”. (Éxodo 33:11-17)

Moisés Le recordó al Señor Dios Su promesa de acompañar a Su pueblo en la jornada hasta la tierra prometida. En ese momento, Moisés no pensó en sí mismo, sino en el pueblo de Dios.

Moisés sabía que, por sí sola, la entrada del pueblo de Dios en la tierra prometida y su posesión no los distinguiría de las demás naciones. Todas las naciones tenían tierra (Deuteronomio 2:5,9,19,22), pero no tenían la relación de pacto con el Señor Dios, relación que Él había comenzado con Su pueblo (Éxodo 3:9-10; 4:22-23; 19:4-6).

Solamente si la Presencia del Señor los acompañaba, ellos tendrían una identidad distinta como Su pueblo especial.

Así también es en los días de hoy, lo que nos distingue de las demás personas, en este mundo, no son nuestras conquistas materiales o nuestros conocimientos intelectuales o bíblicos, sino el Espíritu Santo en nuestro interior.

La palabra para “separados” o “hacer una distinción” es la palabra relativamente rara que el Señor había usado con anterioridad al hablar sobre la identidad de Su pueblo (Éxodo 8:22; 9:4; 11:7; Salmos 4:3).

Además, cuando la nación cantó alabanzas a Dios cerca del mar Rojo, se regocijó en la promesa de la Presencia victoriosa de Dios (Éxodo 15:13-18). ¿Dios volvería atrás en Su Palabra?

Moisés era siervo del Señor y el pueblo había sido escogido por Dios para ser Su pueblo. Por eso, no querían que un ángel los acompañara, pues no había nada de excepcional en

eso. Lo que distinguía a ese pueblo de otras naciones era el hecho de que su Dios esté presente con ellos, y fue eso lo que Moisés pidió.

En los días de hoy, Dios quiere habitar dentro de nosotros a través del Espíritu Santo, pues ¿de qué sirve que la persona conquiste varias cosas y que no tenga la Presencia de Dios en su interior?

“Jesús respondió, y le dijo: Si alguno Me ama, guardará Mi Palabra; y Mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada”. (Juan 14:23)

Así como en aquella época que la Presencia de Dios en medio de Su pueblo los tornaba separados de todos los pueblos que había sobre la faz de la Tierra, en los días de hoy, cuando somos bautizados con el Espíritu Santo, nos tornamos propiedad exclusiva de Dios.

“En Él también vosotros, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído, fuisteis sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de Su gloria”. (Efesios 1:13-14)

Como la Presencia de Dios conducía a Su pueblo hacia la tierra prometida aquí, en este mundo, así también el Espíritu Santo nos conduce hacia la Tierra Prometida Celestial.

“Y Yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre”. (Juan 14:16)

“Pero cuando Él, el Espíritu de Verdad, venga, os guiará a toda la verdad…”. (Juan 16:13)