La pena de muerte

La pena de muerte

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En el Antiguo Testamento, la Ley de Moisés determinaba y preveía la aplicación de la pena de muerte en varias situaciones. Sin embargo, frecuentemente, Dios demostraba Su misericordia cuando era indicada la pena, como lo hizo con el rey David, en cierta ocasión.

A pesar de que el monarca de Israel había cometido adulterio y homicidio, Dios no exigió que la vida le fuera cortada. “Entonces dijo David a Natán: Pequé contra el Señor. Y Natán dijo a David: También el Señor ha remitido tu pecado; no morirás.” 2 Samuel 12:13

Si no fuera por la misericordia de Dios, todo pecado cometido por el ser humano daría como resultado la pena de muerte. “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” Romanos 6:23

Entre los actos condenados descriptos en la Biblia, en el Antiguo Testamento, están el asesinato (Éxodo 21:12), el secuestro (Éxodo 21:16), las relaciones sexuales con animales (Éxodo 22:19), el adulterio (Levítico 20:10), la homosexualidad (Levítico 20:13), la prostitución y el estupro (Deuteronomio 22:4).

El Señor Jesús y la pena de muerte

En el Nuevo Testamento, vemos un pasaje en el que el propio Señor Jesús demostró Su misericordia. En una ocasión, los fariseos Le trajeron una mujer que había sido sorprendida en adulterio, preguntándole si debería ser apedreada. A lo que Él respondió: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” Juan 8:7

Además de llevar a todos los acusadores de la mujer, a reflexionar sobre la validez de la aplicación de la pena de muerte en cualquier situación, el Señor Jesús estaba exponiendo a los fariseos, que, en verdad, solo querían que Él cayera en contradicción, en relación a las leyes del Antiguo Testamento.

Sin contradecir la Ley, el Maestro demostró Su Gracia. “Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni Yo te condeno; vete, y no peques más.” Juan 8:10-11

La pena de muerte en los días de hoy

También conocida como “pena capital”, la pena de muerte es una sentencia aplicada por el Poder Judicial de algunos países, que determina la ejecución de un individuo condenado por el Estado.

En los lugares donde es aplicada, los criminales condenados, generalmente, son por espionaje, estupro, corrupción y asesinatos premeditados. Como los cometidos, recientemente, por el francotirador James Holmes, el ex-estudiante de medicina acusado de matar 12 personas durante el estreno del film de “Batman”, en la ciudad de Denver, Estados Unidos.

Holmes enfrentará acusaciones por homicidio calificado, con indolencia extrema, y también de tentativa por homicidio. Además de las 12 personas muertas en el cine, otras 58 personas resultaron heridas. Los fiscales que trabajan en el caso afirmaron que serán necesarias  varias semanas antes de decidir si van a pedir la pena de muerte para el francotirador.

Frente a casos como este, muchas personas solo consiguen ver la pena capital como alternativa de castigo. Muchos estudiosos, inclusive, atribuyen la institución de este castigo a un pasaje de la propia Biblia, que dice: “El que derrame la sangre de un hombre, por otro hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios es hecho el hombre.” Génesis 9:6

En una de sus cartas en el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo reconoce el poder de las autoridades de gobierno para instituir la pena de muerte donde fuera apropiado. “Los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno y serás alabado por ella, porque está al servicio de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme, porque no en vano lleva la espada, pues está al servicio de Dios para hacer justicia y para castigar al que hace lo malo.” Romanos 13:3-4

Aunque la misericordia de Dios sea importantísima en el contexto espiritual, no anula el poder de legislar y condenar otorgado a las autoridades gubernamentales, a las cuales todos los individuos deben estar sujetos.

Aun así, el uso de la pena de muerte, no debe ser motivo de alegría por parte de nadie, mucho menos de los cristianos.

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