La palabra de conocimiento

La palabra de conocimiento

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En cierta ocasión, el Señor Jesús exclamó:

“… Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.” Mateo 11:25, 26

Está claro que el conocimiento en este mundo se está acelerando de forma fantástica, porque los inteligentes y versados nunca están plenamente satisfechos, pero, aún así, el éxito de ellos ha sido muy notorio, tanto para el bien, como para el mal de la humanidad. Esa inteligencia y sabiduría ciertamente son propias de la desobediencia del hombre a Dios en el Jardín del Edén, cuando el Señor determinó:

“… De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” Génesis 2:16, 17

Dios no tiene la culpa si la humanidad se está autodestruyendo por el mal uso de su propio conocimiento.

Incluso, hay un conocimiento que está por encima de todo lo que existe en este mundo: el conocimiento de la voluntad de Dios para el hombre; y esto solo es posible para aquellos que permiten ser usados por el Espíritu Santo. Entonces, ese don es concedido a cada uno, de acuerdo con la necesidad. Puede ser usado tanto para revelar aspectos buenos, como para desenmascarar a los enemigos de Dios.

Vea que este don, como cualquier otro, jamás será una herramienta para uso y provecho propio, sino siempre con miras a un fin provechoso. Como ejemplo, tenemos al propio Señor Jesús que, por la palabra de conocimiento sabía que Natanael estaba debajo de la higuera, y que era un hombre bueno y sincero delante de Dios.

¿Quién había dado al Señor este conocimiento sino el propio Espíritu Santo? Podemos verificar que esa revelación no fue usada para que el Señor probase Su divinidad a Natanael, sino para que se convirtiese en un ciudadano más del Reino de Dios.

En otra ocasión, el apóstol Pedro también fue usado con la misma palabra de conocimiento para revelar la hipocresía de Ananías y Safira, y así evitar que la iglesia cristiana primitiva se involucrase en los mismos errores del judaísmo, cuando dijo:

“Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.” Hechos 5:3, 4

(*) Texto retirado del libro “El Espíritu Santo” del obispo Macedo

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