La más noble tarea

La más noble tarea

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¡Me sorprende ver cuántas profesiones benefician enormemente a la humanidad! Podemos hablar de algunas, como, por ejemplo, los maestros, que enseñan a los pequeñitos que ni siquiera conocen el abecedario, también tenemos a los médicos, a los policías, a los bomberos, a los ingenieros, a los agricultores y a tantas otras funciones vitales que salvan y promueven la seguridad, la salud y el bienestar del ser humano en este mundo.

Sin embargo, existe un selecto grupo que empeña su esfuerzo en generar beneficios que trascienden la vida terrenal. Está compuesto por los predicadores de las Buenas Nuevas, son los ganadores de almas para el Reino de los Cielos.

En un mundo de tantas malas noticias, el Propio Dios eligió y comisionó a personas para proclamar el Evangelio, la Palabra Viva que trae en su interior las mejores noticias que el mundo haya escuchado.

Debe ser anunciado, y con urgencia, porque solamente la Palabra de Dios tiene el poder de despertar en el ser humano la fe salvadora (salvífica). Está escrito que es imposible que el perdido sea salvo sin que invoque el Nombre del SEÑOR. Pero, ¿cómo esas personas invocarán si no hay quien predique? ¿Cómo se enterarán de la maravillosa ofrenda de Vida Eterna si este Mensaje no llega a sus oídos? Estas fueron algunas de las preguntas que hizo Pablo, el apóstol que, después de la conversión, no anheló nada más en este mundo, sino la Salvación de los judíos y gentiles de su tiempo.

“…porque todo aquel que invocare el Nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?” Romanos 10:13-15

Para que otros recibiesen la misma Salvación que él había recibido, Pablo literalmente dejó todo atrás, y se convirtió en un incansable misionero. Buscaba salvar un alma más cada día para el Reino de Dios, sin importar si era un gobernador, un soldado o un esclavo. Pablo predicaba en todas las ocasiones, teniendo la oportunidad o no. En la evangelización, fue el apóstol más osado, sabio, creativo e intrépido. Por eso, le enseñó a su discípulo Timoteo:

“… que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” 2 Timoteo 4:2

Él era consciente de que, si el Evangelio no era predicado, los perdidos no alcanzarían la fe y, por lo tanto, no podrían ser salvos.

¿Usted que fue escogido para esta noble misión, ¿piensa de la misma manera que Pablo?

Pienso que la incredulidad vista en tantas personas hoy, es en parte responsabilidad de quienes fueron designados para anunciar el Evangelio, pero no lo hacen o no abrazan con intensidad la asignación que recibieron.

Siervos que viven una entrega limitada para disfrutar de sus sueños, serán tenidos como culpables de la sangre de los que se perdieron.

Esos hombres y mujeres que le dan la espalda al Altar, están «rebajándose de puesto», pues, dejar de servir al SEÑOR Todopoderoso para hacer su propia voluntad, para cultivar sus gustos y preferencias en este mundo, es la mayor locura que alguien puede cometer.

No existe felicidad o realización lejos del propósito de Dios para nuestras vidas. Quien piensa que logrará huir de su misión, como lo hizo Jonás, y que aún así le irá bien, está ciego a lo que dicen las Escrituras.

Quien en realidad tiene juicio, no desperdicia el más alto de todos los privilegios: ¡servir al Rey de reyes!