La justicia y sus efectos

La justicia y sus efectos

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Cada vez más personas han buscado vencer sus problemas, pero la verdad es que solo la justicia de los hombres no es suficiente para resolverlos.

Veamos algunos ejemplos: un padre tiene su hijo privado de su libertad. Él se involucró con malas compañías o con la delincuencia, no importa. Ese padre desesperado gasta todo lo que tiene con abogados para devolverle la libertad a su hijo. En muchos casos, la pena es reducida y el joven, después de haber cumplido con la ley, deja la prisión. Sus oportunidades de reincidir y volver al crimen son muchas. La justicia aplicada tiene el poder de devolverle la libertad, pero no logra transformarlo. Si el padre, en lugar de gastar tanto dinero para buscar a un buen abogado, hubiera buscado al Justo Juez, la oportunidad de ver a ese joven transformado sería infinitas.

El diagnóstico de una enfermedad lleva a una persona a buscar, desesperadamente, su cura en la medicina, hasta que los médicos la desengañen. A pesar de todos los avances, la medicina aún es limitada y la persona se siente impotente delante del pronóstico y, por eso, se ve víctima de injusticia. ¿Quién podría revertir ese cuadro sino es el Justo Juez, el Médico de los médicos?

Una joven llena de sueños está feliz porque se casa. Se casa, el tiempo pasa y ese hombre comienza a faltarle el respeto. Él comienza a agredirla con palabras y también físicamente. Ella soporta la situación por un tiempo, hasta que no aguanta más. La justicia le da el derecho a divorciarse y le garantiza que el agresor le proporcionará los recursos necesarios para su sustento y el de sus hijos. Frustrada e infeliz, se siente víctima de injusticia, porque el juez puede aplicarle una condena al marido, pero no tiene el poder de transformar a ese hombre. El Justo Juez, por su parte, tiene el poder de transformarlo en un hombre mucho mejor que antes.

La justicia humana existe para que nuestros derechos se defiendan y debemos hacer un buen uso de ella. Pero no es suficiente. En la justicia humana, quien no puede pagar a un buen abogado, incluso cuando es inocente, no tiene quien lo defienda. En la Justicia divina, todos los que eligen al Señor Jesús tienen a un defensor.

Es ahí que entra la Justicia propiamente dicha, la de Dios, que no deja los vacíos que la justicia humana deja. No son pocos los casos que se ven en las páginas de este diario, de quien buscó la Justicia divina y hoy tiene la vida que siempre deseó.

El padre del primer ejemplo vio la acción de la justicia humana con su hijo privado de la libertad. La ley se cumplió, pero no fue suficiente. ¿Y si ese padre usara su fe en Dios, por medio del Señor Jesús y de una entrega legítima, con compromiso y sacrificio, y comenzara a orar por el hijo privado de su libertad? Muchos detenidos escucharon Su palabra aún en la prisión, a través de los voluntarios del grupo Universal Evangelización Carcelaria (UEC). El exconvicto, que hoy conoce el peso de la Palabra de Dios, busca el Espíritu Santo y conquista la verdadera libertad.

La mujer agredida, si permanece con la misma actitud, de luchar por su matrimonio, también podrá ver la transformación de la conducta del marido. Si antes, con la justicia humana, ella logró divorciarse y garantizar la pensión para sus hijos, con la Justicia divina puede, a través de la oración y del sacrificio, lograr el regreso de un marido recuperado, arrepentido y dispuesto a ser un nuevo hombre.

La Justicia de Dios puede desearse y conquistarse, pero es imprescindible, antes, practicarla. Y eso incluye también que se cumpla con la justicia de los hombres, que fue basada en los Diez Mandamientos. Obedecer a Dios con nuestras actitudes es hacer Su Justicia sobre la tierra.

Nuestro gran abogado no cursó la Facultad de Derecho. Firmó Su “diploma” con la propia sangre (1 Pedro 2:24). Y nuestro Juez Verdadero cela por nosotros y nos garantiza que Su Justicia se cumplirá, si actuamos como nos enseña: “Apártate del mal, y haz el bien, y vivirás para siempre. Porque el Señor ama la rectitud, y no desampara a Sus santos. Para siempre serán guardados; mas la descendencia de los impíos será destruida.” (Salmos 37:27-28).

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