La enemiga de la fe

La enemiga de la fe

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Aline llegó a la Iglesia a los 20 años. Aunque estaba en plena juventud, ya había sufrido lo suficiente como para saber que no era esa la vida que deseaba para ella. Por eso aceptó la invitación de una amiga para participar en una reunión.

Ella nunca había sido feliz en la vida sentimental. La última relación dejó marcas profundas en Alice.

Ella siempre supo que aquella relación no tenía futuro. Mauro era casado y tarde o temprano tendría que tomar una decisión, por más dolorosa que fuera. Aun estando enamorada, tenía conciencia absoluta de que no podía continuar con esa relación, con el riesgo de causar un sufrimiento mayor – hacia ella y a la familia de Mauro.

Contrariando la voluntad de él y la de ella, terminó todo. Fue difícil, pero ella estaba convencida de lo que quería y, sobre todo, de lo que no quería.

En aquella reunión, ella abrió su corazón y habló con Dios sinceramente. Nunca más permitiría que su corazón se encantara por la persona incorrecta. Y le entregó a Dios la responsabilidad de mostrarle a la persona adecuada, alguien preparado por Él.

Pasaron 6 años desde ese día. Aline continuaba firme en la presencia de Dios, pero algo le molestaba. Ella aun estaba sola y la ansiedad comenzaba a dominar su corazón, al punto de interferir en su vida espiritual.

Pero ella jamás se olvidaría de la oración que hizo el primer día y estaba dispuesta a permanecer firme, confiando en Aquel que es Fiel. No se dejaría vencer por el engaño del corazón. Más que nada, debía conservar su fe y su confianza en Dios.

La amiga, sabiendo lo que le pasaba, le mostró un versículo:

“Deléitate asimismo en el Señor, y Él te concederá las peticiones de tu corazón.” (Salmo 37:4) “Muchas personas interpretan ese versículo equívocamente”, dijo la amiga. “Cuando dice ´Deléitate en el Señor ´ significa que tienes que tener placer en hacer la voluntad de Dios. O sea, debes agradarlo, no porque sea algo a cambio, sino tener la alegría de agradarlo, pura y simplemente. Cuando actúas así, Dios suple todas tus necesidades, porque Él también va a agradarse de ti.”

 Cuando su amiga se fue, Alice dobló sus rodillas y, como el primer día, tuvo una conversación sincera con Dios.

“Padre, sabes mejor que nadie sabe lo que está pasando dentro de mí. Siento la falta de una persona a mi lado, pero no quiero elegir, quiero que la elijas, justo para mí. Por eso, ayúdame a vencer esta ansiedad, no permitas que esto estorbe los planes que Tú tienes para mi vida. Casada o no, permaneceré firme en Tu presencia, porque eso es lo que realmente importa, todo el resto es pasajero.”

Cuando se levantó, su semblante era otro. Estaba en paz.

Desde entonces, Aline concentró todas sus fuerzas en agradar a Dios. Lo puso de hecho, en primer lugar, en toda su vida. Estaba feliz, como nunca lo había estado.

Pasaron algunos meses y cuando Aline menos esperaba conoció a Lucas, un hombre íntegro y temeroso a Dios, que tenía dentro de sí el mismo propósito: Servir a Dios y agradarlo sobre todas las cosas.

“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.” 1 Pedro 5:6-7