La creencia sincera en la Palabra de Dios

La creencia sincera en la Palabra de Dios

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Aquellos hombres estaban sujetos a las mismas circunstancias de flaquezas y debilidades que enfrentamos hoy. La gran diferencia entre ellos y nosotros es que mientras despreciaban la razón en virtud de la simple creencia, nosotros buscamos por la razón la explicación de la fe; mientras en ellos había el “amén”, en nosotros hay el “¿por qué?”

Siempre necesitamos explicaciones porque insistimos en atender al hambre de la razón. Aquellos hombres de fe no tenían conocimiento alguno de Relaciones Humanas, Psicología, Sociología o cualquier “logia” de este mundo, pero obedecían ciegamente la Palabra de Dios, ¡porque creían en ella de todo corazón!

Conocedores de sus posiciones de siervo en relación al señor (ya que la sociedad en la cual vivían admitía el sistema de esclavitud), ellos llevaban muy en serio el señorío del Señor Jesucristo. Para ellos, Jesús era realmente el SEÑOR de sus vidas; de ahí la facilidad en comprender y obedecer Su Palabra, por la fe.

Aunque la analogía del señor y del siervo deba ser aplicada en la relación entre Jesús y sus discípulos, vemos hoy en día otro tipo de siervo, u otro tipo de sentimiento de siervo; porque, normalmente, los siervos de hoy quieren imponer su voluntad al Señor Jesús, sin considerar al menos si está de acuerdo con la voluntad de Él. Este procedimiento distorsiona totalmente la  relación entre el Señor y el siervo. Siendo así, ¿de qué manera Dios, que es el Autor y Consumador de la fe sobrenatural, puede dar esta fe a sus siervos?

Puede ser que éste sea el motivo por el cual muchos siervos se encuentran abatidos y fracasados, pues la condición de siervo, para muchos, sirve apenas como pretexto para satisfacer los caprichos de su ego.

La fe es el canal de comunicación entre el ser humano y Dios, entre el ser material y el espiritual. A partir de ahí se establecen las reglas de la comunión con Dios.

“Mas el justo vivirá por fe.” Hebreos 10:38

Cuando Dios determina la ley de la fe, Él lo hace destacando nuestra dependencia de Él, con el intento de bendecirnos. Ese canal de la fe tiene que estar totalmente desocupado para que funcione. Pero ¿qué ha obstruido este canal? En principio las dudas, y a partir de ellas aumentan los miedos, las ansiedades y las preocupaciones. ¿Y qué ha generado dudas en el corazón convertido? El pecado.

El pecado es lo que bloquea las arterias que conducen la sangre de la vida o de la fe al corazón de Dios. De ahí la razón del por qué el pecado conduce a la muerte. Él mancha la buena conciencia, bloquea el canal de la fe y neutraliza su flujo vital, interrumpiendo finalmente la comunión y dependencia de Dios.

En su orientación a Timoteo el apóstol Pablo lo enfoca de manera enfática, diciendo:

“Este mandamiento, hijo Timoteo, te encargo, para que, conforme a las profecías que se hicieron antes en cuanto a ti, milites por ellas la buena milicia, manteniendo la fe y buena conciencia. Por desecharla, algunos naufragaron en cuanto a la fe.” 1 Timoteo 1:18-19

Ya en su segunda epístola, dirigida a su hijo en la fe, Pablo lo consuela con las siguientes palabras:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.” 2 Timoteo 4:7

Fragmento extraído del libro “Misterios de la Fe” del obispo Macedo.

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