Grandes Nombres – Antonio Meucci

Grandes Nombres – Antonio Meucci

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La historia provó que él fue el verdadero inventor del teléfono y no Graham Bell, como muchos piensan

De vez en cuanto surgen polémicas en torno a la verdadera autoría del invento. Por mucho tiempo aprendimos en la escuela que el fundador de Bell Company, el escocés Alexander Graham Bell, fue el inventor del teléfono. Recientemente, se descubrió que no era verdad, pues él solamente había conseguido la patente antes del verdadero inventor. Ese inventor era el italiano Antonio Meucci.

Antonio Santi Giuseppe Meucci nació en Florencia en 1808, ciudad donde estudió ingeniería mecánica y de proyectos en la Academia de Bellas Artes. Para ganarse la vida, trabajó en la aduana local y como técnico de escenarios en un teatro, donde conoció a la mujer que sería su esposa, Ester Mochi. En 1835 aceptó el cargo de proyectista escénico y técnico de palco en el Teatro Tacón, en La Habana, Cuba.

Fascinado por la ciencia, siempre aprovechando las horas libres para aprender todo lo que pudiese. Inventó un nuevo método para galvanizar metales, que aplicó en equipamientos militares cubanos. Desarrolló un polémico método de uso de pequeñas descargas eléctricas para el tratamiento de enfermedades. Un día, cuando iba a hacer pruebas con un amigo docente, sin querer Meucci escuchó lo que el paciente hablaba en un cuarto cercano, por un hilo conectado al hombre. El hecho lo intrigó, al punto de dedicar los siguientes 10 años de su vida a entenderlo. Perfeccionó un aparato con el que las personas podían comunicarse por la voz a distancia, y fue rumbo al país vecino,  Estados Unidos, para promover la comercialización de su invento en el año 1850.

Se estableció en Staten Island, cerca de Nueva York, pero tenía dificultades para comunicarse con la población. Las necesidades financieras comenzaron. Luego, otro italiano, refugiado político de su país, se hospedó con Meucci, era nada menos que Giuseppe Garibaldi, el gran revolucionario que ya había luchado en el sur de Brasil y que iría más tarde a volverse uno de los grandes héroes de la Unión Italiana, que vivió con Meucci hasta 1854.

El científico elaboró muchos proyectos para, entre otras cosas, ayudar a los amigos italianos que se refugiaban en Staten Island en trabajos que beneficiaran a todos. Era excelente al elaborar, pero no tenía ningún talento para administrar o emprender. Lo que se veía en sus grandes problemas financieros.

 El “telégrafo hablante”

A pesar de las dificultades, las investigaciones sobre lo que sería el teléfono continuaban. Ester estuvo enferma por un tiempo, lo que le causó una parálisis parcial. Para cuidarla mejor, Antonio construyó lo que sería la primera instalación telefónica del mundo, utilizando su nuevo equipamiento. Contactó su oficina con su casa, a varias cuadras, utilizando el aparato, para poder hablar con su esposa durante el día.

En 1860, cuando el aparato ya era más práctico, el inventor realizó una demostración para atraer inversiones. Solo logró promesas vacías, aunque el invento hubiese llamado la atención. En definitiva los constantes fracasos financieros no permitieron que pudiese pagar la patente del teléfono.

En un viaje en que Antonio volvía a Nueva York en el navío vapor Westfield., una gran explosión en las calderas hizo que el inventor sofriera grandes quemaduras que, por poco lo mataron. Cuando el se debatía entre la vida y la muerte en un hospital, su esposa vendió varios de sus modelos de trabajo para conseguir un poco de dinero, algo cercano a los U$$ 6, que en ese momento representaban un valor alto. Entre los modelos vendidos estaba el teléfono.

Cuando Antonio se recuperó, intentó recuperar el invento, el hombre que lo había comprado dijo que ya lo había revendido.

Luego, Meucci, se retiró del trabajo para rehacer el proyecto y patentarlo lo antes posible, antes que el otro tomara posesión de su descubrimiento. La tasa para el registro permanente era alta para esa época – U$$ 250. Él solo tenía dinero para pedir la patente, algo que protegía los trabajos hasta ser concedida en definitiva. Pago por 3 años, pero no pudo costear más ese gasto. Intentó también hacer una demostración de su invento a la Western Union Telegraph Company, pero ellos decían no tener tiempo para ver el “telégrafo hablante” del italiano. Cedió sus equipamientos a la empresa para que los interesados realizaran las pruebas, sin embargo, en 1874, desanimado, los pidió de vuelta, pero la Western Union respondió que se habían “perdido”.

Alianzas peligrosas

En 1876, el escocés Bell pidió la patente del teléfono, pero no lo describía exactamente. Meucci lo supo e instruyó a su abogado para protestar en el Escritorio de Patentes de los Estados Unidos, lo que nunca fue hecho. Un amigo del científico intentó saber que documentación había sido entregada cuando la patente fue pedida, pero el escritorio también informó que estaba “perdida”.

Bell Company ya existía, y el abogado de Meucci mostró evidencias de contactos ilegales de la empresa con empleados del Escritorio de Patentes. El caso fue al tribunal, y Meucci fue capaz de explicar detalles técnicos de su “telégrafo hablante”. Aunque perdió su causa, las autoridades estadounidenses alegaron que las pruebas de autenticidad de la declaración de Meucci eran suficientes e iniciaron una acusación de fraude contra Bell Company.

El caso fue postergado varias veces seguidas, hasta que Meucci murió, en 1896. El caso fue cerrado, un notorio ejemplo de cómo la “justicia” del hombre es manipulada todos los días.

Recién más de un siglo más tarde, la patente del teléfono fue reconsiderada por el Congreso de los Estados Unidos, preparado con documentación más que suficiente. La Resolución 269, del 11 de junio de 2002, determinó que Antonio Santi Giuseppe Meucci es, oficialmente, el inventor del teléfono.

La comunidad italo-americana mantiene viva la memoria del inventor, y transformaron su antigua residencia en Staten Island en el Museo Garibaldi-Meucci, en honor al célebre inventor y a su heroico huésped, además de un lugar para homenajear a todos los italianos que contribuyeron al crecimiento de los Estados Unidos e hicieron de ese país su segundo hogar.

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