Fe y dinero

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Fe y dinero

Ofrenda no es dinero y dinero no es ofrenda. El dinero, en verdad, representa materialmente la confianza de quien da en aquel que recibe.

El simple cambio de dinero por un servicio u objeto demuestra la confianza del comprador en la calidad de servicio o del objeto adquirido. El dinero depositado en el banco demuestra la confianza del cliente en aquella institución financiera. El dinero muestra la buena fe de quien lo da en aquel que lo recibe, y es devuelto en forma de servicio o bien material.

Es exactamente eso lo que sucede en la relación con Dios. Cuando se da el diezmo y la ofrenda, hay confianza de que Dios va a cumplir Sus promesas y regresar con Sus bendiciones. Por lo tanto en la ofrenda y en los diezmos hay una manifestación de confianza y fe en la Palabra de Dios.

Quien tiene fe para dar también tiene fe para recibir, porque manifiesta confianza en Dios.

¿Qué tipo de ofrenda acompaña la fe práctica?

Todo y cualquier tipo de ofrenda acompaña la fe práctica, y cada ofrenda tiene su propia finalidad.

Ya vimos que la consciencia limpia por el perdón divino exige la ofrenda de la confesión de pecados y del arrepentimiento sincero. La comunión íntima con el Altísimo que es una manifestación de fe, exige la ofrenda de la dedicación diaria a las cosas de Dios, que son la oración, la consagración y la evasión del pecado. Para que esa comunión ocurra, son imprescindibles tales prácticas.

La fe es la única moneda de cambio con Dios. Para cada acción de la fe hay una reacción de Dios. Y para cada manifestación de fe existe un tipo de ofrenda a ser presentada. En términos financieros, la fe exige la semilla de la ofrenda material. Quien tiene fe para dar, tiene fe para recibir.

El simple acto de plantar ya es una demostración de la práctica de la fe. Porque nadie en su sano juicio se arriesgaría a sembrar en la arena. Antes de la plantación, el agricultor prepara la tierra para recibir la semilla.

En la obra de Dios no es diferente: el fiel cree que esa Obra es una “tierra” fructífera e invierte en ella porque confía en las promesas divinas que nos fueron profetizadas. Como las promesas de Dios no se pueden acabar, el inversionista fiel tiene certeza de un retorno próspero.

Es casi imposible que las promesas financieras de Dios se cumplan solamente mediante oraciones, ayunos o vigilias. Si eso fuese posible todos los fieles serían ricos. Dios exige una actitud práctica de la fe para corresponderla con Sus promesas. Eso es locura para los que se pierden, pero para los que creen Sus promesas son el poder de Dios.

Una cosa es que la persona cambie su dinero por una casa, auto u otro objeto. En este caso el comprador va al vendedor y negocia. La única moneda de cambio que podemos usar con Dios para obtener Sus bendiciones es la fe, y no el dinero o cosa parecida. A partir del momento en que la persona expresa su fe en las promesas divinas y deposita su ofrenda en el altar, está realmente manifestando su fe, porque a pesar de no estar viendo a Dios, tiene coraje para depositar allí el fruto de su trabajo. ¡Eso es fe práctica!

La ofrenda es estimulada por la creencia en la recompensa multiplicada. El Señor Jesús enseña eso cuando dice: “Dad y se os dará” (Lucas 6:38).¿Cómo sería el retorno económico? ¿Diez veces mayor? ¿Veinte? ¿Treinta? ¿Cuánto?

El Señor no estipula número: Él solo menciona un resultado creciente: “Dad y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando” (Lucas 6:38).

Cuando Él profetizó tales palabras, Sus ojos estaban mirando el mercado. Él quiso pasarnos la idea del cambio. De la misma forma que las personas cambiaban dinero o el valor de sus mercaderías por granos, sucede con la práctica de la fe, pues ella es la moneda de cambio en la relación con Dios. Veamos, por ejemplo, como el Señor Jesús relaciona un asunto que es estrictamente espiritual con otro que es financiero.

Primero, Él dice: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:37).

Hasta aquí el Señor trata un asunto espiritual. Por eso, enseguida, sin interrumpir el discurso, parece pasar del campo espiritual al material, diciendo: “Dad y se os dará” (Lucas 6:38).

¿Pero qué tiene que ver una cosa con la otra? Verifiquemos en qué punto Él pasa del asunto espiritual al material: todo en la vida sucede alrededor de un cambio. ¿Quién ama sin esperar ser amado? ¿Quién trabaja sin esperar recibir el salario? ¿Quién negocia sin esperar lucro? ¿Quién practica una religión sin esperar la Salvación del alma? ¿Quién pone en práctica la fe sin esperar milagros?

Para todo en la vida se practica el cambio. Dios lo creo justamente para dejar que cada uno tome su propia decisión de fe. En toda la Biblia, Dios siempre sugiere una condición. Veamos este ejemplo: “Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz del Señor, tu Dios” (Deuteronomio 28:2).

Quien tiene fe para obedecer, tendrá fe para recoger sus frutos. Quien tiene fe para trabajar, tendrá fe para recibir su salario, etc.

Al tratar los asuntos sobre dar y recibir, el Señor Jesús no se está refiriendo apenas a las partes espirituales o financieras, ¡pero si a todo! He ahí el motivo por el cual Él mezcló un asunto espiritual con otro aparentemente material, sin interrupción.

En la vida, quien tiene las manos abiertas para dar, las tendrá también para recibir, tanto en la parte espiritual como en lo material. Es la fe en acción relacionada con la ofrenda.

El Señor Jesús garantiza el regreso de la ofrenda de la misma forma que garantiza el perdón a aquellos que perdonan. La regla que vale para el perdón, vale para la donación. Así, perdonar no es una cuestión de compasión sino de fe. Eso también ocurre en relación a la ofrenda: fe para dar, fe para recibir.

La fe se mide por medio de la calidad de la ofrenda que se da. Quien siembra mucho es porque cree que recibirá mucho más. El jugador que tiene certeza de que acertará los números deseados arriesga todo lo que tiene. Así también se da en relación a la fe en la Palabra de Dios, y quien cree en ella verdaderamente se lanza de cuerpo, alma y espíritu.

Cuando la persona tiene coraje para dar, se convierte en merecedora para recibir. En el mundo espiritual no hay otro objeto de cambio más que la fe, conforme ya dijimos. Y cuando la ejercitamos entra el coraje, que nos motiva a ejercitarla. Consecuentemente el dador se hace merecedor del premio, que es recibir multiplicado.

Quien perdona merece perdón. Pero quien no perdona no tendrá méritos para ser perdonado. Quien no juzga merece no ser juzgado. Pero quien juzga merece ser juzgado.

Quien no condena merece no ser condenado. Pero quien condena será merecedor de condenación. Quien da merece medida buena, apretada, remecida y rebosando. Pero quien no da no tiene merecimiento.

Vemos así que los méritos acompañan a la fe práctica. Es como dice Jesús: “Estas señales seguirán a los que creen” (Marcos 16:17). Esto significa que las señales siguen a los que tiene coraje para creer y actuar.

Pedro tuvo coraje para creer en la Palabra de Jesús y por eso mereció el premio de ser el único hombre con el permiso de Jesús en andar sobre las aguas. Por lo tanto podemos decir que el secreto para merecer las bendiciones de Dios es practicando la fe. Y esa práctica exige la ofrenda. Jesús dice “da…”, o sea, tenga coraje para ofrendar y el retorno será: “Se os dará; medida buena…”.

Texto extraído del libro “La voz de la Fe” del obispo Edir Macedo