Envidiando a los ricos y hacia dónde miramos

Envidiando a los ricos y hacia dónde miramos

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“En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos”, Salmos 73: 2 RVR1960.

No debemos envidiar las riquezas de nadie, el Señor Jesús dijo que de nada sirve ganar el mundo entero y perder nuestra alma.

Asaf, autor de este salmo, era un hombre que creía en Dios, pero, durante un tiempo en su vida, envidiaba a los incrédulos que prosperaban. También hoy vemos a muchos cristianos envidiar el éxito de los incrédulos. Se quejan de que viven una vida correcta, pero sin prosperidad. Muchos han tropezado y se han desviado de la fe a causa de esto.

Si usted está en la fe, con Dios, obedeciendo a Su Palabra, no hay ninguna razón para mirar hacia la vida de nadie. Tendría que ser al contrario, que los incrédulos miraran hacia nuestra vida por la paz, por el matrimonio, la salud, la prosperidad que Dios nos dio.

“Porque no tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero. No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres”, Salmos 73:4-5

Hubo debilidad de Asaf en lo espiritual. Él no comprendía el real estado espiritual y el destino de los impíos ricos y poderosos. Pensaba que les iba bien hasta el fin, a pesar de sus corrupciones e indiferencia hacia Dios.

Por eso le recomendamos nunca faltar los miércoles y los domingos, para no perder la comprensión, el entendimiento de las cosas espirituales. Los ojos de Asaf fueron abiertos recién cuando entró en el Santuario.

Muchas veces la persona pone como excusa las cosas que ve para abandonar la fe, pero el Señor Jesús dice que no importa lo que veamos, lo más importante es nuestra alma, más importante que toda la riqueza que hay en el planeta Tierra. La vida eterna está en primer lugar.

La verdad, sin embargo, era otra. Además, esta comparación de Asaf no era inteligente.

Nuestro Señor dice que el infierno es el lugar del tormento eterno. A veces pasamos por luchas durante una semana, o meses, o incluso años, pero llegan a su fin. Imagínese vivir toda la eternidad en un lago de fuego y azufre y encima acompañado por la bestia y los demonios…

Su familia es importante, su economía, su salud, pero, todo eso se va a acabar. ¿Y la vida eterna? Ese es el objetivo que todo cristiano debe tener.

No estamos libres de tener problemas, pero sabemos qué hacer, siempre en comunión y cuidando nuestra Salvación.

A veces al diablo sopla en nuestro oído que Dios no está con nosotros. Entonces, debemos contestarle: “¡Sí que está! Y este problema va a pasar y voy a estar mucho más firme con mi Señor. ¡Yo no Lo abandono por nada!” Debemos hacer como los cristianos de la antigüedad, que no Lo negaban.

¿Sabe cuál es el problema? A veces la persona deja de cuidar su propia vida para mirar hacia la de los demás. Si yo Le entregué mi vida a Jesús tengo que mirar a mi objetivo: alcanzar la vida eterna. Esperar a Su venida o a mi muerte en Su presencia, siempre con la certeza de la Salvación.

Comparar al justo con el injusto es como comparar una manzana con una naranja. Las dos son frutas, sí, pero de distinta naturaleza. Ambas tienen semilla, cáscara, textura… Pero muy diferentes. La naturaleza del justo también es diferente a la del injusto.

Nosotros estamos en un nivel más elevado por el Espíritu que Dios nos dio y por la paz, la salud que nos regala. Ninguna de las promesas de Dios dejará de ser cumplida en la vida de los que creen.

El justo y el injusto no viven por las mismas reglas, objetivos y valores. Por lo tanto, es imposible que tengan destinos iguales.

Nuestro objetivo es mayor y no debemos ser como las olas del mar, tenemos objetivos y valores de calidad, buscamos estar de acuerdo con la Palabra de Dios sin importar lo que digan los demás. VIDAS DIFERENTES EN ESTE MUNDO, DESTINOS DIFERENTES EN LA ETERNIDAD.

La persona tiene libre albedrío para usar la vida que Dios le prestó de la manera que quiera.

Por eso, el justo no debe mirar hacia nadie sino hacia la Palabra de Dios. Ella es la que nos trae respuestas sobre todo, incluyendo la prosperidad que viene de Dios. Si usted debe resolver un problema: ore. Si tiene que tomar alguna decisión: ore. Para cada paso que deba dar: ore.

Tenemos el ejemplo del obispo Macedo que, al comienzo de la fe, cuando la señora Ester le dijo que no había dinero para la comida, tomó la Biblia, se arrodillaron sobre la cama, y Le reclamó duramente a Dios. Es decir, él no peleó con su esposa, ellos no miraron hacia los demás, codiciando ni lamentándose por la situación. Recurrieron a la Palabra de Dios.

Aprenda a no mirar hacia nadie nunca, jamás. Ni familiares, amigos, creyentes, incrédulos, dentro o fuera de la iglesia, ni pastor, obrero, ateo, rico, pobre, fake news, hacia nadie. ¡Mire hacia la Palabra!

“Lámpara es a mis pies Tu Palabra, y lumbrera a mi camino”, Salmos 119:105

Quien mira hacia la Palabra de Dios y se guía por ella, jamás tropezará.

Aquí está la fórmula para tener una vida feliz, para ser bendecido aquí y en la eternidad. ¡Qué maravilla! Tenemos este privilegio de vivir eternamente con el Creador. El cielo debe ser un lugar maravilloso porque es el lugar en el que vive Dios. ¡No lo cambie por nada de este mundo! No desperdicie su alma mirando hacia los demás, no haga como Asaf que por poco se pierde. Y que el Espíritu Santo le dé ese entendimiento, esa fortaleza, para siempre mirar hacia el Señor Jesús que Se sacrificó por nosotros.

Piense en eso.

Dios le bendiga.