El primer cristiano premiado con el Nobel de la Paz

El primer cristiano premiado con el Nobel de la Paz

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La obligación del cristiano es ayudar a su prójimo. Eso es lo que Pablo dice en su epístola a los Gálatas, 6:2: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo Y es esa característica la que se celebra en Salmos 22:24: «Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó.»

Jean-Henri Dunant conoció esas y todas las demás citas bíblicas desde la infancia, debido a haber nacido en una familia cristiana. Hijo de un político que cuidaba a huérfanos y a ex-presidiarios, y de una mujer que auxiliaba pobres y enfermos, Dunant aprendió desde temprano el camino de la ayuda al prójimo.

Aun en la adolescencia, fue miembro activo de su iglesia, reuniendo, incluso, fondos para el auxilio para los más necesitados.

Impulsado por el buen nivel social de su familia, Donant se convirtió en un hombre de negocios  de éxito, que, en una Europa hundida en conflictos bélicos y culturales, pasó a resolver situaciones complejas de la empresa que representaba.

La función del cristiano

¿Cuál es la función de un cristiano frente al sufrimiento y a la muerte inminente de miles de personas? En la Europa envuelta por la guerra, a pocos le importaban las personas.

Buscando solucionar problemas empresariales, Dunant fue al encuentro de Napoleón III, entonces emperador de Suiza, donde nació Dunant. Aun lejos de Francia, Napoleón III comandaba sus tropas aliadas a los italianos contra la invasión austríaca.

Dunant encontró su emperador en medio a la Batalla de Solferino. Fueron más de 20 mil heridos, 11 mil desaparecidos y 2 mil muertes, en aproximadamente 10 horas de batalla. Aterrado con lo que veía, inmediatamente, organizó un servicio de primeros-auxilios, salvando decenas de vidas.

De ese hecho nació el libro «Un Suvenir de Solferino», que relata el descuido con que las tropas tratan a los heridos.

La Cruz Roja

«Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre.» Efesios 6:5-8

El libro de Dunant tenía dos propuestas:

– La creación de sociedades voluntarias de auxilio para prestar asistencia a los heridos en tiempo de guerra.

– La manifestación de un acuerdo internacional que asegurase la protección de los soldados heridos y del personal médico en el campo de batalla.

La primera de estas se concretó en 1863, con la ayuda de cuatro suizos. Fue entonces que se fundó el Comité Internacional de Socorro a los Militares Heridos en Tiempos de Guerra, que, en 1875, fue rebautizado como Comité Internacional de la Cruz Roja, haciendo alusión al símbolo del comité, que fue inspirado en la bandera suiza.

La segunda victoria fue en 1864, con la Convención de Ginebra, donde 12 Estados presentaron 10 artículos sobre la ética a adoptar con víctimas de la guerra.

Obsérvese que hasta entonces era imposible e innecesario socorrer soldados que, muchas veces, ni siquiera sabían por qué luchaban. Fue la perseverancia de un cristiano, lo que cambió la Historia.

Dunant pasó muchos meses viajando por Europa a fin de divulgar sus ideas y conquistar adeptos. Con dificultad y fe, obtuvo éxito.

En 1901, a los 73 años de edad, fue premiado con el primer Nobel de la Paz, al lado de Frédéric Passy, pacificador francés.

Lamentablemente, su salud mental declinó llegando el final de su vida, haciendo que uno de los mayores activistas por la salud de la historia, falleciera internado en un hospital psiquiátrico, en 1910.

En su testamento, Dunant destinó el premio millonario recibido en 1901, al pago de deudas adquiridas con el altruismo y la caridad.

Dunand tuvo una vida dedicada a buscar caminos para cambiar, para mejor, la vida del prójimo. Colocó en práctica lo que aprendió en la Palabra. Y usted, ¿qué ha hecho con los talentos y habilidades que Dios le dio?