El mendigo descalzo

El mendigo descalzo

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Un policía y un mendigo se encuentran. ¿Qué piensa que va a suceder? El policía va a preguntar qué está haciendo sentado en aquella vereda y lo expulsará. “¿y qué?… lógico”, piensa usted. El mendigo va a insultar al policía y será detenido por la ofensa… Tal vez si. A pesar de que esas probabilidades sean grandes, no fue lo que sucedió. Ni podría suceder.

Lawrence De Primo tiene 25 años y es agente en un puesto de combate al terrorismo en Nueva York, Estados Unidos. Durante una noche de trabajo más, tal vez nada sería más interesante para él que encontrarse con un mendigo.

Caminando por la Times Square, vio a un hombre sentado en la vereda. Era un mendigo. Tenía la ropa rota y sucia y cargaba una bolsa con sus significativas cosas. Pero lo que llamó la atención de aquel policía uniformado, fue el hecho de que estuviera calzado con dos medias y botas y el mendigo, descalzo. En esa noche fría por demás, el mendigo estaba descalzo.

El policía sintió el mismo frío que el anciano mendigo estaba sintiendo. Y con los pies rígidos y llenos de  ampollas que no lo calentaban, el hombre, aunque pordiosero, no pedía nada.

El policía intercambió algunas palabras con él y continuaron la caminata. El mendigo, corroído por el frío del clima, y por el frío humano, sólo lograba caminar porque se apoyaba con el talón. Los dos terminaron en una zapatería.

El gesto de solidaridad del policía contaminó al responsable de la zapatería ese día, quien cedió su descuento especial de empleado al comprador gentil. Y el precio del zapato descendió de 100 a 75 dólares.

De regreso a la vereda, el agente se arrodilló delante del mendigo para ayudarlo a ponerse las botas.

La turista que sacó la foto también fue contaminada, fue ella quien publicó la imagen en la página del Facebook del Departamento de Policía de Nueva York. El policía se hizo famoso. Y el mendigo, después de ver las botas, quedó tan feliz, que se le iluminó el rostro.

“Él es el caballero más educado que conocí”, dijo el agente sobre el mendigo. Porque cuando salimos de nuestro status y nos igualamos al prójimo tenemos la capacidad de entender lo que pasa por sus ojos. En su piel. Con sus sentimientos.

Y el mendigo, tan acostumbrado a no ser visto ni escuchado; tan invisible frente a ojos concentrados;  tan despreciado frente a pies apresurados, ni siquiera respondió a la pregunta del policía sobre la tasa de café que le ofreciera. Se calzó y siguió su camino. Tal vez tampoco habría escuchado. O ya estaba cauterizado frente a la sordera del mundo. El mudo ante la escasez de las palabras. Ajenas.

El policía. El mendigo. La mano extendida por el hambre. Los pies encogidos por el frío… Un vídeo que también es un éxito en internet muestra cómo podemos contagiar unos a otros con el efecto dominó de la gentileza. Pero ese es tema para otro artículo.

Porque no necesita mucho. Realmente no.