El limpiaparabrisas

El limpiaparabrisas

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El día amaneció nublado.

Como lo previó la meteorología, ese jueves sería frío y lluvioso, por lo tanto, todos deberían salir prevenidos, con paraguas, piloto y mucha paciencia para enfrentar el caos de las grandes metrópolis en días como ese.

Pedro no acostumbraba ir al trabajo en auto, pero ese día no vio otra salida. Era la única forma que tendría de llegar a horario, ya que se había levantado 1 hora más tarde. Eso también fue una excepción. Siempre fue muy puntual, a Pedro nunca le gustó llegar tarde al trabajo, por eso siempre sale temprano de su casa; él sabe los imprevistos que puede haber, a veces es el tránsito congestionado, a veces es el colectivo que demora más de lo habitual. En fin, nunca sabemos lo que puede pasar, y Pedro es del tipo que prefiere prevenir para evitar disgustos.

Ese miércoles era prometedor.

Después del trabajo, pretendía ir directo a la iglesia, a pesar de que, últimamente, anduviese un poco desanimado, debido a la agitación diaria. Aun así se esforzaba en ir, contrariaba la voluntad de su cuerpo que le pedía descanso, e iba. Muchas veces, llegaba en la mitad de la prédica, se sentaba en el fondo para no interrumpir al pastor, y hacía fuerza para no dormirse, vencido por el cansancio.

Era una lucha diaria.

Convertido hacía algunos años, Pedro siempre fue un miembro activo, fervoroso. Siempre evangelizaba. Cuando no iba a evangelizar, invitaba a un vecino o a un conocido para ir a la iglesia; principalmente a aquellos que él sabía que estaban sufriendo. Quería que todos conocieran al Dios que había transformado su vida.

Pero de un tiempo a esta parte, Pedro se sentía desanimado, a veces, hasta sin fe.

Debido a que habían aumentado las responsabilidades en su trabajo – a raíz de un asenso que conquistó después de haber participado de una campaña de fe-, últimamente se sentía muy agotado, y por ese motivo comenzó a ir a la iglesia dos veces por semana, los miércoles y los domingos.

Su lectura diaria de la Biblia ya no existía. Todo lo que quería era caer en la cama para descansar y recobrar las fuerzas para el día siguiente. Muchas veces quería orar antes de dormir, pero terminaba rindiéndose al cansancio, con el pretexto de que oraría al levantarse, algo que terminaba por no suceder.

Pasaron días y meses, y Pedro sentía cada vez más la demanda de Dios respecto a que se despertara y volviera a actuar la fe como siempre lo hizo. Muchas veces Pedro le prometió a Dios que volvería a ser como antes. Pero, al día siguiente, todo continuaba igual. Siempre lo postergaba.

La lluvia aun no había comenzado. Era necesario apurarse para lograr llegar al trabajo antes que ella. El cielo ya estaba cubierto de nubes negras. Faltaba poco para que cayera la lluvia.

Solo faltaban algunas cuadras para que Pedro, finalmente, llegara al trabajo cuando, de pronto, truenos y relámpagos anunciaron la llegada de la lluvia. Las fuertes gotas impedían ver lo que había delante. Él rápidamente prendió el limpiaparabrisas que, para su sorpresa, no funcionó. ¡Increíble! ¿Cómo podía estar sucediendo eso? Faltaban solo algunas cuadras y él simplemente no lograba avanzar, además del riesgo de provocar un accidente.

Insatisfecho, Pedro se vio obligado a parar hasta que la lluvia decidiera darle una tregua y pudiera continuar su trayecto.

Ya hacía rato que estaba parado cuando, en un nuevo intento, el limpiaparabrisas volvió a funcionar y entonces logró llegar a su destino.

Lo mismo sucede cuando no ejercitamos nuestra fe. A ejemplo del limpiaparabrisas que no funcionó y lo obligó a detenerse, así sucede cuando dejamos de usar la fe, dejamos de orar y meditar en la Palabra de Dios, es decir, cuando descuidamos nuestra vida espiritual. Cuando eso pasa nos estancamos, nuestra visión se daña. Nos encontramos impedidos avanzar y alcanzar nuestro objetivo que, tal vez, este tan solo a algunas cuadras de nosotros, pero a raíz de la lluvia (los problemas que sobrevienen), quedamos inmovilizados, esperando que se resuelvan por sí mismos, algo que no sucede, a no ser que actuemos con fe.

La fe es como el limpiaparabrisas, que una vez encendido, la lluvia (problemas y obstáculos) no nos impide continuar y vencer.