El HIV desapareció

El HIV desapareció

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tst3a00947“En un chequeo de salud que me fui a hacer hace 15 años me detectaron HIV. Quedé en un estado de shock tremendo, no sabía cómo seguir adelante, no tenía idea de lo que me iba a pasar, cómo iba a estar.

A raíz de eso surgieron otras enfermedades. Los medicamentos que debía tomar para el HIV me provocaron problemas estomacales, gastritis; tuve un herpes en la pierna, no podía caminar, me caía en la calle, los médicos me daban mucha medicación, tomaba 10 pastillas al día”, recuerda Rita, que no sabía dónde pedir ayuda.

“Buscando una solución recurrí a los espíritus. No tenía trabajo, por eso no lograba cumplir con las demandas de los espíritus, que me pedían de todo. Por eso pensé que no me iba a curar, que ya estaba todo perdido, y dejé de ir. Después tuve una infección pulmonar, parecía tuberculosis, fui a un montón de hospitales a tratarme, me pusieron una sonda para sacarme el líquido que tenía en los pulmones.

Luego me infecté con toxoplasmosis, tuve que ir a neurólogos, tenía paralizado medio cuerpo, no podía caminar ni trabajar. Para colmo, empecé a tener perturbaciones espirituales, me despertaba de madrugada porque sentía que me llamaban, veía sombras que se movían en la ventana, tenía dolores de cabeza constantes y vivía tomando analgésicos.

Esa situación me deprimió, adelgacé mucho, llegué a pesar 38 kilos, me desvanecía”.

Ante ese panorama, Rita pensó que lo mejor era morir, e intentó suicidarse. “Cierto día tomé todas las pastillas para dormir que tenía, mi hijo me llevó de urgencia a la salita sanitaria, donde le dijeron que yo había querido matarme”.

La solución llegó cuando conoció la Universal. “Un vecino me llevó a la iglesia, me dio un ejemplar de El Universal, y así me acerqué a participar de las reuniones.

Hace apenas un año que estoy en la Iglesia, participé de las reuniones y aprendí a usar la fe. En la Universal me guiaron, perseveré y vi cómo mi vida empezó a cambiar de a poco. Dejé las pastillas para dormir, las sombras y los ruidos extraños desaparecieron.

Volví a hacerme chequeos y, gracias a Dios, los estudios demostraron que no hay más virus en sangre, la carga viral es indetectable. Hoy, el médico no puede creer lo bien que estoy, peso 52 kilos, mis órganos están perfectos, no tengo necesidad de tomar medicación y estoy curada, no tengo ninguna secuela. Soy una mujer feliz porque Dios hizo un milagro en mí”.

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