El fruto del Espíritu Santo: Mansedumbre

El fruto del Espíritu Santo: Mansedumbre

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El comportamiento revela calma en su genio y temperamento, que es el resultado de la verdadera humildad

Los hombres luchan, discuten y se matan por la posesión de un pedacito de tierra, pero el Señor Jesús afirmó que solamente los mansos heredarán la tierra. ¿Por qué? Porque en el Reino de Dios las leyes difieren completamente del reino de este mundo, lo que significa que hay promesas y más promesas de bendiciones para aquellos que, sometidos a las leyes del Espíritu Santo, creen que todo en este mundo está bajo el control total de Dios. No es por fuerza ni por violencia que debemos tomar posesión de aquello que ya nos pertenece, y sí por la fe en el Señor Jesucristo, a través de nuestra total y completa sumisión al Señor, andando de acuerdo con Su voluntad, conforme a Su Palabra.

La mansedumbre revela calma en su genio y temperamento, que es el resultado de la verdadera humildad. Humildad resultante del reconocimiento del valor ajeno y sumado al rechazo de considerarnos mejores que nuestro semejante. Así era el carácter de Moisés y, tal vez, debido a su excelente genio manso, Dios lo había escogido para hacerlo libertador, estadista, historiador, poeta, moralista y legislador del pueblo de Israel.

Y, a propósito de poseer mansedumbre, fue uno de los mayores líderes del Antiguo Testamento, al punto de formar de una raza absolutamente esclava y bajo las mayores dificultades, una nación valiente y poderosa que alteró completamente el curso de la Humanidad.

La mansedumbre debe ser ejercida junto con el amor, en el sentido de amonestar al que se encuentra en pecado. Aquel que ejerce cualquier tipo de autoridad, jamás debe olvidar este fruto, pues es primordial para la disciplina. El apóstol Pablo, corrigiendo a la iglesia en Corinto, dijo:

“Porque el Reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder. ¿Qué queréis? ¿iré a vosotros con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?” 1 Corintios 4:20, 21

Para la iglesia de Éfeso, aprovechando su propia experiencia, escribió: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” Efesios 4:1, 2

Para con los Colosenses, sabiendo de algunos problemas en la iglesia, no ahorró palabras exhortándolos para que terminen con las peleas, principalmente a través de la práctica del espíritu de mansedumbre:

“Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro, de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.” Colosenses 3:12, 13

(*) Texto retirado del libro “El Espíritu Santo”, del obispo Edir Macedo.

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