El amor propio

El amor propio

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Cuando el amor entre dos personas está fundado dentro del contexto del amor al prójimo, es decir, del segundo gran mandamiento, entonces es puro, verdadero y proviene de Dios

Es la atención en demasía de la persona hacia sí misma. Es normal, no es condenado en la Sagradas Escrituras, sin embargo, debe ser cuidadosamente vigilado, con el fin de que no se vuelva en un insoportable egoísmo capaz de destruir a la propia persona. Este sentimiento es muy común en el mundo, y el diablo sabe muy bien usar esa debilidad humana para llevar a las personas a la autodestrucción a través de la adoración de sí mismas. Todos los emperadores del pasado tuvieron una vasta experiencia de ciego amor propio, y la Biblia registra el caso de uno de ellos:

Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande, que mató al apóstol Santiago a espada: “Y un día señalado, Herodes, vestido de ropas reales, se sentó en el tribunal y les arengó. Y el pueblo aclamaba gritando: ¡Voz de Dios, y no de hombre! Al momento un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos.” Hechos 12:21-23

Me acuerdo una persona muy famosa en Brasil que mandó a hacer una cuna de oro para su hijo recién nacido. Murió un tiempo después. Es un gran peligro que la persona se nutra de sí misma en un amor incontenido y vanidoso, pues ciertamente, este amor la llevará cada vez más a un sentimiento egocéntrico, incontrolable y consecuentemente, a la muerte.

El amor del hombre por su semejante – este es el segundo gran mandamiento de la Ley de Dios y que forma parte del cristiano, al punto de que muchas veces pierde su propia vida en favor de su semejante, como hizo el Señor Jesús. El amor dirigido en sentido horizontal es la respuesta directa de una vida relacionada con el Espíritu Santo, porque es Él quien nos condiciona a esta actitud.

Esta es la vocación de la Iglesia Universal del Reino de Dios, pues se ha propuesto dar al mundo la mayor expresión de amor que es la vida abundante, a través de la fe en el Señor Jesucristo, por la propagación del Evangelio vivo.

Cuando amamos a nuestro semejante, nos olvidamos de nosotros mismos, y esto da valor nuestra estadía aquí en la Tierra. Cuando actuamos de esa forma estamos glorificando a Dios y procediendo de acuerdo con el carácter divino.

Podemos reconocer eso en la palabras de Jesús: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor lo unos con los otros.”, (Juan 13:35).

Podemos entender claramente Su objetivo en relación a la Humanidad. Además, cuando procedemos así, evitamos los conflictos que rodean a la Humanidad constantemente y que provocan toda suerte de males.

O sea, si amamos a nuestros semejantes, estamos indirectamente amándonos a nosotros mismos, pues hacemos que nuestro mundo particular esté lleno de paz.

Amarnos los unos a los otros es más una cuestión de inteligencia que una obligación espiritual propiamente dicha; los beneficios son mayores para quien ama que para quien es amado, porque: “… Más bienaventurado es dar que recibir.”, (Hechos 20:35).

Es bueno que se diga que este tipo de amor no es semejante al amor entre un hombre y una mujer. Aunque sea absolutamente normal, ha sido muy distorsionado alejándose del amor que viene del Espíritu Santo. Cuando el amor entre dos personas está fundado dentro del contexto del amor al prójimo, es decir, del segundo gran mandamiento, entonces es puro, verdadero y proviene de Dios. Este tipo de amor tiene una dirección única: hay respeto y consideración hacia la persona amada y ella siempre es vista con buenos ojos, por eso no aparecen sus defectos, convirtiéndose en virtudes para aquel que ama.

(*) Texto extraído del libro «El Espíritu Santo», del obispo Edir Macedo.