El amor de Dios

El amor de Dios

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Cuando dirigimos nuestro mayor amor en sentido vertical, es decir, al Señor Jesús, automáticamente somos transportados al Reino de Dios

Esta modalidad de amor es la más importante, la más significativa y la que produce beneficios inmediatos al ser humano. Realmente, es la base de la propia vida. El amor a Dios, cuando es puesto en un absoluto primer plano en nuestras vidas, naturalmente y paso a paso, va creando todas las condiciones necesarias y suficientes para que podamos vivir en esta Tierra en condiciones semejantes a las de Adán y Eva cuando habitaban en el Jardín del Edén.

Esto no es una teoría sino una realidad demostrada por el propio Dios. Cuando el Señor Jesús estuvo entre nosotros, ¿cuál fue la esencia de Su mensaje? ¿La sanidad divina? ¿La liberación de los cautivos? Bien, eso era algo obvio en Su ministerio y estaba dentro del contexto principal de Su Palabra. Sin embargo, lo que más nos llama la atención en Su mensaje es el Reino de Dios.

¿Y qué viene a ser el Reino de Dios sino el Jardín del Edén del pasado? Ahora bien, todos los que siguen al Señor Jesucristo forman parte del Reino de Dios en este mundo, y deben someterse mucho más a las leyes del Espíritu Santo, o sea, a las de la vida eterna. Estas deben tener mucha más importancia en la vida de la persona que las leyes de este mundo, que son muy justas en el papel, pero en la práctica son distorsionadas por el poder económico.

Cuando dirigimos nuestro mayor amor en sentido vertical, es decir, al Señor Jesús, automáticamente somos transportados al Reino de Dios. Consecuentemente vivimos bajo “la sombra del Altísimo”, tal como vivieron Adán y Eva en el Jardín del Edén mientras estuvieron sometidos a la Palabra de Dios. Solamente aquel cuyo corazón de piedra fue cambiado por un corazón de carne, es decir, aquel que aceptó y asumió la fe en el Señor Jesucristo con exclusividad, tiene condiciones de amar a Dios de acuerdo con el primer gran mandamiento.

Muchas veces exigimos de Dios Su poder en nuestras vidas, queremos ver los milagros maravillosos del pasado repitiéndose en el presente, porque creemos en Él y en Su Palabra. Sin embargo, olvidamos muchas veces que, para que esto suceda, debemos tener nuestros corazones completamente en Sus manos, y esto, infelizmente, no siempre sucede, conforme está escrito:

“Porque los ojos del Señor contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tiene un corazón perfecto para con él.” 2 Crónicas 16:9

De aquí podemos extraer un sinnúmero de conclusiones con respecto a las muchas vidas cristianas que no se corresponden con las promesas de Dios. ¡Que Dios nos perdone el tiempo en que, en la ignorancia, omitimos nuestro mayor amor a Él, en detrimento de nosotros mismos o de nuestras ambiciones personales!

Pero el hecho es que necesitamos reparar nuestros errores a partir de ahora, inmediatamente, con el fin de que sirvamos a los propósitos del Espíritu Santo en este mundo y vivamos de acuerdo a los principios del Reino de Dios.

Los fariseos probaron al Señor Jesús preguntando cuál era el gran mandamiento en la ley de Dios; y el Señor respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”, (Mateo 22:37).

Este es el secreto del éxito en la vida, en todos los aspectos, porque a partir del momento en que enfocamos todo nuestro amor en Dios, Él, a su vez, también canaliza todo Su amor en nosotros, y de ahí surge una relación más estrecha entre Creador y criatura. Además de eso el propio Señor dijo:

“Por tanto, el Señor, el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho el Señor: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco.” 1 Samuel 2:30

El amor de Dios, que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, nos da capacidad para amar al Señor de hecho y de verdad y, consecuentemente, ser un pueblo diferente, una nación santa y un solo rebaño de un solo Pastor… El Reino de Dios solo puede existir sobre la base del amor profundo y puro; el amor profundo y puro solo puede brotar en aquellos que aman a Dios sobre todas las cosas; solo se puede amar a Dios sobre todas las cosas si se posee el Espíritu de Dios en el corazón y, finalmente, solo se puede poseer el Espíritu de Dios en el corazón cuando se considera a Jesucristo como Único Señor y Salvador personal.

(*) Texto extraído del libro “El Espíritu Santo”, del obispo Edir Macedo.