El Agente de la vida

El Agente de la vida

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Así como el Espíritu Santo es el Agente de la Vida, todos los espíritus, sin excepción, tengan el nombre que tengan, sin importar el lugar en el que se manifiestan, son agentes de la muerte. ¿Cómo podemos nosotros distinguir el Espíritu de Dios de todos los demás espíritus del diablo, si muchos de ellos se manifiestan hablando de amor, luz y caridad? Es muy sencillo:

1- Los espíritus engañadores e inmundos se manifiestan a través de personas que pueden estar conscientes o inconscientes; mientras que el Espíritu de Dios nunca se manifiesta en las personas, a no ser a través de la prédica de la Palabra de Dios, en donde Él le habla a todos.

2 – Los espíritus inmundos y demoníacos siempre están preocupados en intentar probar que vienen de Dios, que son de luz y quieren ofrecer caridad. El Espíritu Santo solo Se dirige al hombre a través de la Palabra de Dios.

3 – Los espíritus diabólicos siempre imponen obligaciones a las personas, si ellas no las cumplen, son castigadas. El Espíritu de Dios nunca impone nada a nadie, sino que siempre espera el permiso de las personas para conducirlas “a los verdes pastos”.

4 – Los demonios dan mensajes a través de un receptor, el Espíritu Santo ya habló mucho antes través de los profetas, cuando no existía la Biblia; después, a través de Su Hijo Jesucristo, y ahora habla a través de Su Palabra escrita.

5 – Los espíritus demoníacos nunca permiten que las personas que los siguen tengan paz, siempre preparan problemas para quitarles la alegría, especialmente en los días más festivos. El Espíritu Santo es paz, y cuando estamos alegres, Él Se alegra también, pues está escrito que “el gozo del Señor es vuestra fuerza”, (Nehemías 8:10).

6 – Los espíritus inmundos casi siempre llevan a las personas al pináculo de la vida, para después empujarlas desde la cima. El Espíritu Santo nos da, cada vez más, seguridad en nuestra vida material.

7 – Los espíritus inmundos siempre provocan insomnio, dolor de cabeza constante, desmayos, deseos de suicidio, nerviosismo, enfermedades que los médicos no logran descubrir la causa. Proporcionan, además, miedo, soledad, inseguridad, vicios, insatisfacción personal, fracaso en la vida sentimental, derrota en la vida material, perturbaciones mentales, visiones, sueños pavorosos, audición de voces extrañas, ruidos inexistentes y locura, además de otros. El Espíritu Santo, al contrario, quita todo eso de nuestra vida y nos da calma, tranquilidad, paz y todo aquello que necesitamos.

8 – Los espíritus inmundos destruyen hogares, separan a los padres de los hijos, crean confusión entre las familias. El Espíritu Santo llena los hogares de profundo amor y respeto, de tal forma que cada hogar se vuelve un pedacito de cielo.

(*)Texto extraído del libro “El Espíritu Santo”, del obispo Edir Macedo