Despojado

Despojado

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Dios no llamó a un hombre cualquiera para liberar a Israel de Egipto, lo llamó a Moisés. Un hombre que poseía la cultura egipcia, los conocimientos militares adquiridos en Egipto y toda la sabiduría y el conocimiento que la riqueza y el poder egipcio proporcionaba.

Toda esa capacidad tenía y tiene valor relevante para el mundo, pero no para Dios y Sus propósitos.

Si Moisés hubiese usado sus conocimientos, sus estrategias en guerra y se hubiera aliado a otros pueblos para ese intento, ciertamente no habría logrado liberar a los esclavos. Tenía que ser con la capacidad de Dios, recibida en el Sinaí.

Ahora entendemos mejor el significado de las primeras palabras de Dios a Moisés: “Quita tu calzado de tus pies…”

O sea, tienes que despojarte de tus conocimientos, de la cultura adquirida, de la sabiduría humana, de los conceptos del mundo en el que vives y vestirte de Mi voluntad, de Mi dirección, de Mi palabra.

Hay determinadas cosas a resolver y conquistar para las que nuestra sabiduría, cultura, concepto, recursos diversos y, principalmente, religiosidad, jamás podrán traer la solución, jamás nos llevarán a conquistar.

Como Moisés, tenemos que despojarnos, oyendo la Voz de la fe, el llamado de Dios.

Esa Voz de la fe, el llamado de Dios, siempre viene acompañado del pedido de un sacrificio que, a su vez, contraría a la cultura del mundo, a la sabiduría humana, a los conocimientos adquiridos en una universidad, a los lazos familiares y genera conflictos internos.

Veamos algunos ejemplos:

A Abraham, Dios le pidió: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. Más tarde, la misma Voz le pidió que sacrificara a su propio hijo Isaac.

A Abel, la Voz de la fe le pidió el sacrificio de su primer animal.

A Gedeón, esa Voz le pidió el segundo toro de su padre.

A Ana, la Voz de la fe le pidió su primer hijo, Samuel, para que sirviera a Dios.

A Zaqueo, la Voz de la fe le pidió el sacrificio de la mitad de sus bienes y la restitución cuadruplicada de lo que les había robado a las personas.

A María, esa Voz le pidió que derramara un jarro de perfume preciosísimo sobre los pies de Jesús.

A Pedro, la Voz de la fe le pidió que dejara su trabajo, la pesca maravillosa que había acabado de hacer, y que se convirtiera en un pescador de almas.

Todos ellos oyeron el llamado, por eso fueron escogidos por Dios, escogidos para Sus propósitos. Por medio de ellos, Dios hizo prodigios y maravillas. La vida de estos hombres y mujeres fue marcada por Dios, pues vieron las maravillas del Altísimo, disfrutaron las promesas y conquistaron lo que la sabiduría, la cultura, los conocimientos jamás le hubieran podido proporcionar.

Amigo, quítese el calzado de sus pies. Quien quiere subir al Sinaí tiene que dejar abajo sus diplomas, su experiencia, su sabiduría, su religiosidad, su fama, su cultura, sus lazos de familia, etc. ¡Tiene que subir despojado! ¡¡¡ES SACRIFICIO!!!

Cuando Moisés descendió del Sinaí, bajó diferente, pues ahora estaba capacitado por el Propio Dios para vencer a aquella que un día fue la mayor potencia del mundo, “Egipto”. Lo que Moisés jamás hubiera podido hacer por medio de sus recursos, logró hacerlo con el Dios que encontró en el Sinaí.

¡Lo que usted jamás hubiera logrado por medio de sus propios recursos o por medio de los recursos de esta vida, lo logrará, si sube al Sinaí totalmente despojado!

¡Haga el SACRIFICIO que la Voz de la fe le pide, atienda el llamado de Dios, y conviértase en un escogido!

Cambie su capacidad por la capacidad de Dios, cambie la capacidad del mundo por la capacidad de Dios.

Colaboró: Obispo Fernando Souza