Cuando la riqueza lo destruye

Cuando la riqueza lo destruye

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Es llamativo ver en la Biblia que Israel se apartaba frecuentemente de Dios, a pesar de ser el pueblo elegido por Él. Ese distanciamiento no solo se daba cuando la situación era mala y sus ciudadanos buscaban apoyo en falsos dioses. También se apartaban fácilmente cuando sucedía lo contrario: cuando la nación era próspera y poderosa. Creían que no necesitaban a Dios debido al poder que creían tener con el dinero y el prestigio. Estaban concentrados solo en las riquezas, sin pensar que solo las alcanzaron, justamente, porque Dios los había bendecido.

Dios, en Su amor, siempre levantó hombres y mujeres dentro del pueblo, para advertirles que se estaban distanciando. Eran los profetas. Una de esas personas fue Amós, autor del libro del Antiguo Testamento que lleva su nombre.

“Amós”, en hebreo, significa “el que ayuda a cargar el fardo”. El poder y la riqueza son fardos cuando no se usan con sabiduría, al igual que otras cosas buenas – belleza, salud, prestigio, etc. Y Dios levantó a aquel hombre, nacido en Tekua, 20 kilómetros al sudeste de Belén, para advertirle al pueblo que enfocarse solo en las riquezas terrenas, lo cegaba.

La riqueza y el poder aumentaron considerablemente durante los reinados de Jeroboam II y Usías, reyes de Israel y Judá respectivamente, aproximadamente 800 años antes de Cristo (a.C.). Aumentaban junto a la lujuria, la soberbia, el vicio y la idolatría. Amós llamó al arrepentimiento a pueblos de varias localidades. No todos lo oyeron. Ante las naciones desobedientes, las profecías cayeron violentamente. La idólatra Samaría, por ejemplo, fue conquistada por los asirios, quienes desterraron a los samaritanos como lo previó Amós (Amós 5:27; 2 Reyes 17:5,6). Idólatras, Judá e Israel también cayeron (Amós 2) y, también – como había sido anticipado por el profeta de Tekua- sus descendientes volvieron del cautiverio cuando comenzaron a volverse nuevamente a Dios, para la reconstrucción de sus hogares en Tierra Santa (Amós 9).

Además, Amós defendía a los socialmente más débiles, los entonces explotados y quienes estaban bajo la opresión de las autoridades corruptas y sus cómplices (Amós 4:1), sobretodo, en la época de Jeroboam II. Dicha defensa no se hacía genéricamente. Él denunciaba claramente quiénes eran los culpables: los que oprimían a los pobres y acumulaban riquezas a costa de su sudor (Amós 3:9-10); los religiosos, que practicaban el mal periódicamente, y que frecuentaban los templos y cultos dando sus ofrendas y limosnas- sin un arrepentimiento sincero- llevando una vida de apariencia espiritual (Amós 4:4-12); los comerciantes indecentes (Amós 8:4-8); y los jueces que juzgaban deshonestamente, influenciados por sobornos (Amós 5:7).

En ningún momento Amós dice que la prosperidad es algo malo. Lo que le advierte al pueblo es que si el foco es completamente puesto en la obtención de riquezas y en el poder que proporciona el dinero, la ruina es segura. Cuando el blanco es solo el dinero, la persona no cede a los escrúpulos y usa la injusticia y la deshonestidad para obtenerlo. Mientras que si se somete a Dios, las ganancias materiales son una verdadera bendición, conquistadas con esfuerzo, inteligencia y humildad. Como consecuencia de la obediencia.

El profeta tenía visiones y, a lo largo de su libro, los alertó contra esos pecados y muchos otros. Sin embargo, también le mostró al pueblo que el verdadero arrepentimiento y volverse verdaderamente a Dios lo libraría del cautiverio al que sería llevado por su desobediencia – el exilio en Babilonia –, para retomar su reino por derecho (Amós 9:11-15).

Cuando somos probados en momentos difíciles y nos sentimos frágiles, es natural que busquemos a Dios. Sin embargo, algunos son probados en plena prosperidad y usando sus privilegios; el momento en el que  deberían continuar sometiéndose a Dios, pero se apartan por su ceguera terrenal. Volverse fiel a Dios es importante, pero permanecer en la fidelidad es lo que nos mantiene cerca de Él. Día tras día.

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