Los samaritanos

Los samaritanos

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El Señor Jesús, en una de sus famosas parábolas, intenta mostrar que todos tienen un lado bueno al contar sobre un samaritano que socorre a un judío herido durante un viaje. La historia se volvió tan famosa que, incluso entre los laicos, la palabra “samaritano” se volvió sinónimo de alguien que hace el bien incluso a desconocidos. Sin embargo, ¿por qué Jesús usó justamente a un hombre de Samaria en la parábola?

Los samaritanos no eran bien vistos por los judíos, por una serie de acontecimientos relativos a la historia del pueblo de Israel.

El pueblo en cuestión tomó prestado el nombre de Samaria, ciudad que fue la capital del reino del Norte de Israel durante los reinados de Omri y Acab (1 reyes 16). Destruido por los asirios en 721 antes de Cristo (a.C), el lugar tuvo a 27 mil de sus habitantes más influyentes, entre miembros del gobierno y artesanos de los más renombrados, deportados a Asiria y a los pocos identificados entre el pueblo de aquel reino. Además de eso, Samaria fue recuperada por varios pueblos mesopotámicos (2 Reyes 17:24).

Los nuevos ocupantes pasaron por un corto período de paz, hasta que los ataques de animales salvajes a habitantes aumentaron significativa y misteriosamente, causando muchas muertes. El pueblo creía que era un castigo por no adorar al Dios único de los habitantes anteriores. Los asirios mandaron volver del exilio a un sacerdote judío para enseñar sobre su fe, y un santuario fue establecido en Betel (2 Reyes 17:25-29). Aún así, una parte de los nuevos gobernantes aceptaron al Dios único, otra parte continuaron adorando a sus falsos dioses, en un sincretismo peligroso (2 Reyes 17:25-34), que no era para nada bien visto por los judíos que no habían sido llevados al exilio, generando distanciamiento y antipatía.

En Jerusalén, los samaritanos aceptaban que los judíos oraran, hasta que los babilonios destruyeron la ciudad. Cuando los persas de Ciro sucedieron a los babilonios, permitieron que los judíos volvieran a la ciudad y la restauraran, así como su creencia y el Templo, como certifica el libro de Jeremías. Algunos samaritanos aceptaron de buena manera el regreso de los judíos, mientras que otros no vieron el retorno con buenos ojos. Entre los simpatizantes, muchos quisieron juntarse con los judíos para la reconstrucción del Templo y de la fe judía en el lugar, pero fueron rechazados (Esdras 4:2-3).

Los samaritanos contrarios a la vuelta de los judíos vieron la reconstrucción de Jerusalén con recelo, pues los antiguos habitantes de aquella ciudad eran enemigos de Samaria, e hicieron lo que pudieron para impedir las obras (Nehemías 4:1-2). La antigua rivalidad entre el Norte y el Sur volvió con una fuerza total. Los samaritanos eran vistos como enemigos políticos y un pueblo impuro, por su sincretismo religioso, y que podrían “contaminar” a los que regresaron (Nehemías 13:23-30).

Tiempo después, un grupo de samaritanos que no podía orar al Dios Único en Jerusalén, pero que también quería alejarse de los conflictos, se retiró hacia Siquén, donde se estableció y fundó un santuario en el monte Gerizim. Descendiente de aquellos inmigrantes era la mujer samaritana que el Señor Jesús encontró en una fuente (Juan 4).

En aquel lugar, los samaritanos aceptaron el Pentateuco como su libro sagrado, adoptando los cinco libros de Moisés como la dirección para su fe, que difería de la de los judíos en algunos puntos: aunque también aceptaran a Dios como Único, creían en la vuelta de Moisés como el Mesías.

Había una fuerte enemistad entre los que oraban en Gerizim y los que oraban en Jerusalén. Aun así, muchos samaritanos oyeron las palabras del Verdadero Mesías, aunque fuera de origen judío, así como las enseñanzas de Sus seguidores, y se convirtieron al cristianismo.