Comercio de almas

Comercio de almas

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Los números del Ministerio de Salud divulgados por Estadão esta semana muestran que mueren, POR DÍA, cerca de CUATRO mujeres que buscan ayuda en los hospitales por complicaciones del aborto. Hasta que ese dato fue divulgado, los números oficiales informaban que una mujer moría por ese motivo cada dos días. Este es un problema grave que no se resuelve con la prohibición de la práctica. La ley, de la manera como está, no ha ayudado ni a la madre, ni al hijo.

Muchos cristianos, no obstante, piensan que estamos hablando de la muerte de asesinas y, por eso, creen que sería una especie de “castigo Divino”. Esta idea tiene raíz en la tradición religiosa católica. Sin embargo, si usted quiere saber la opinión de Dios al respecto, no le pregunte a ninguna religión, vea lo que Él mismo dice en la Biblia:

Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y esta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida. Éxodo 21:22-23

Si Dios viera como los religiosos de hoy, tanto la muerte de la mujer como el aborto serían el mismo delito: asesinato. Sin embargo, no es así como Él lo ve. Si la lesión provocara la muerte de la mujer, la pena era la muerte. Pero si provocara solo el aborto, la pena era multa. Esto es porque el feto era considerado parte del cuerpo de la madre y solo visto como una vida independiente después del nacimiento. Esté de acuerdo usted o no, es este el entendimiento bíblico. El aborto es un daño, sí, pero no comparable a la muerte de la madre. El resto, es tradición religiosa y opinión personal. Y el hecho es que esta tradición ha costado cuatro almas por día, todos los días.

Las mayores víctimas, como siempre, son las más pobres. Quien tiene dinero se hace aborto en el exterior o en clínicas con más estructura, con médicos de verdad. Quien no tiene, recurre a medicamentos abortivos o a un lugar sucio cualquiera. Muchos, liderados por delincuentes que solo quieren dinero y que no les importa ni un poco la vida de la mujer. ¿El resultado? Perforaciones uterinas, hemorragias e infecciones. Casi siempre, no es el aborto que mata a la mujer. Es el aborto mal hecho, clandestino.

Según IBGE, la mayoría de las mujeres que aborta ya tiene hijos. O sea, más allá de que nuestra ley atrasada alimenta ese comercio de almas, además deja a millares de hijos sin madres. Y, que me disculpen los religiosos, es absolutamente cruel y anticristiano culpar a esas madres por sus propias muertes. Cuando la muerte es de alguien de nuestra familia, nos damos cuenta de que una por año ya es una tragedia. Imagínese un alma siendo llevada cada dos días. ¡O cuatro por día!

Para llegar a exponerse a estos riesgos, estas mujeres están desesperadas, creyendo que no tienen otra salida. Están solas, muchas veces sin tener con quién contar. Si el procedimiento fuera legalizado, llegarían al hospital y encontrarían un equipo multidisciplinario para atenderlas: un grupo de profesionales de salud interesados en el bienestar de la paciente y no en el dinero que tiene para ofrecerles. Tendrían el apoyo de un psicólogo y de un asistente social para conversar y decidir si esa realmente es la mejor elección. Y podrían, de hecho, hacer su elección. En Uruguay, país que legalizó el aborto recientemente, es exactamente así como funciona. Algunas cambian de idea, deciden llevar el embarazo a término y consiguen el apoyo para tener a sus hijos. Otras, mantienen su decisión de interrumpir el embarazo y hacen el procedimiento de forma segura y sin complicaciones, manteniendo la salud, la dignidad y la propia alma.

No podemos tapar el sol con un dedo, creyendo que mantener el aborto en la ilegalidad hará que las mujeres no aborten. Ni eximirnos de la responsabilidad cuando mueren en la mesa de los “carniceros” y nos enteramos por los periódicos. Somos responsables, sí, si continuamos creyendo que ellas no merecen ser protegidas por la ley. Estar a favor de la legalización del aborto no es, necesariamente, estar a favor del aborto. Nadie necesita estar a favor del cáncer y del cigarrillo para estar a favor de que el Estado ofrezca, por ley, un tratamiento de cáncer de pulmón a los fumadores y les salve la vida. Con el aborto debidamente reglamentado, ofrecido con seguridad, principalmente a las mujeres pobres y sin asistencia, entonces sí, podemos comenzar a discutir si es lo correcto o no, basado en opiniones personales. Lo importante – y urgente – es que estas mujeres dejen de morir.

Colaboró: Vanessa Lampert

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