¿Caliente, frío o tibio?

¿Caliente, frío o tibio?

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El apóstol Pablo, en su carta a los cristianos de la ciudad de Colosos, Lo llama al Señor “… el Primogénito de toda creación; porque en Él fueron creadas todas las cosas…” Colosenses 1:15-16

Esto se refiere a la primera existencia de toda la Creación de Dios. Y en realidad, Él es el origen y el principio de todas las creaciones de Dios, como le fue revelado al apóstol Juan: “Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” Juan 1:3

Esto también se refiere a Su resurrección, Él es el Primogénito de la nueva creación, de la nueva vida. ¡Qué enorme contraste hay entre Él y la iglesia en Laodicea! El apóstol Pablo libró una lucha especial por los creyentes de Laodicea, como les afirma a los de Colosos:

“Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro; para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” Colosenses 2:1-3

Pablo debía tener conocimiento de que los miembros de la iglesia en Laodicea se habían apartado del primer amor. Sus corazones estaban doloridos. Pablo debía estar sintiendo los dolores de esa situación.

Sí, pues como Colosos y Laodicea eran ciudades vecinas, quería que los “creyentes” de Laodicea también tomaran conocimiento de su carta a los colosenses, pues dice: “Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros.” Colosenses 4:16

La iglesia del Señor Jesús se encuentra hoy en una situación decisiva, pues vivimos en tiempos finales, de independencia espiritual, de justicia propia y de materialismo.

El espíritu que se mueve sobre la iglesia es el mismo que en Laodicea: el del orgullo. Por eso la iglesia en Laodicea es la única que tiene el atrevimiento de decir: “…Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad…” Apocalipsis 3:17

Ella da testimonio de sí misma y se exalta. Es así la Iglesia de los últimos tiempos, contaminada por el espíritu de Babilonia. Nabucodonosor, emperador de Babilonia, hizo exactamente lo mismo cuando, con orgullo, dijo: “¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” Daniel 4:30

Creemos que la gran Babilonia será restablecida en los tiempos finales, bajo la forma del imperio mundial romano. En su liderazgo estará el anticristo, que se exaltará a sí mismo y se presentará como dios. ¡De ahí proviene la razón del ecumenismo! Pero el apóstol Pablo ya lo había advertido:

“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.” 2 Tesalonicenses 2:3-4

La adoración propia y el engaño son las características de la Babilonia. Vemos además que al mismo tiempo en que el Señor Jesús acusa a Laodicea, también Se lamenta, diciendo: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!” Apocalipsis 3:15

En otras palabras: “¡Ojalá fueses totalmente incrédulo o ardientemente cristiano!” ¡O una cosa u otra! ¡Ojalá la frontera estuviera claramente establecida!

Esta es la razón por la cual muchos cristianos están viviendo de desgracia en desgracia: ¡porque aún no asumieron una posición definida en su fe! Están “medio aquí y medio allí”, “ni una cosa ni la otra”.

Intentan ser “más o menos cristianos”; más o menos practican la Palabra de Dios y más o menos Lo sirven. Y lo peor es que desconocen el hecho de que el Señor Jesús Se encuentra totalmente del lado de afuera de sus corazones, como afirma: “He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo…” Apocalipsis 3:20