Bastó que alguien creyera en ellos

Bastó que alguien creyera en ellos

Por

Durante el transcurso del año, se pudo ver en el blog del obispo Edir Macedo algunos casos reales de transformaciones personales, estilo “antes y después”. Sin embargo, diferentemente de cómo este asunto es abordado en otros lugares, ninguna historia nos vino a contar el secreto de una dieta milagrosa. El cambio es interior. Todas las personas tienen en común que cargaban un vacío que las conducía a un futuro triste y sin esperanzas. ¿Le pareció familiar? Es porque es exactamente así que millones de personas se sienten hoy.

Dayane Galdino Machado, de 18 años, de Rio de Janeiro, era una de ellas. Expulsada de su casa a los 14, después de revelarles a sus padres que era homosexual, se fue a vivir con un amigo. “No tenía a nadie que me impusiera límites, entonces salía a las discotecas, me relacionaba con muchas chicas. A pesar de estar siempre rodeada de personas, sentía una soledad inexplicable.” Otra joven que vivía rodeada de amigos, pero que, en el interior, se sentía sola, era la asistente administrativa de obras Amanda Guillherme da Silva, también de 18 años, de Itapecerica da Serra, interior de São Paulo. “Estaba insatisfecha con mi apariencia. Desde los 11 años comencé a teñirme el pelo con colores vibrantes. Ya tuve el pelo de color rosa, azul, rojo, violeta”, cuenta.

Hecton Luan Pina Cardoso, de 25 años, comerciante, es un muchacho bonito, independiente y lleno de planes para su futuro. Pero, en el pasado, decidió ser Sabrina, una muchacha que vendía su propio cuerpo para sustentar una vida de bailes y vicios. “Consumía drogas pesadas, como crack y era adicto al alcohol”, recuerda.

Aún en la infancia, comenzó a vestirse con ropa y accesorios de su hermana que se suicidó a los 19 años, envuelta por la misma angustia que lo perseguía. “Cuando oscurecía, me encerraba en mi departamento, me drogaba, tomaba y lloraba mucho”, revela. Luís Paulo da Silva dos Santos, de 27 años, ayudante de cocina, de Uruguaiana, interior de Rio Grande do Sul, era travesti. Se vestía como mujer en búsqueda de placer y diversión, lo que conseguía hasta que era tomado por una vacío existencial insoportable. “Salía todas las noches y me relacionaba sexualmente con cualquiera. Saciaba mi deseo pero, al mismo tiempo, aumentaba mi sufrimiento, era un ciclo sin fin”, cuenta.

¿Qué se puede hacer ante casos tan complicados y que parecen no tener solución? Ignorar es la opción preferida de la mayor parte de la sociedad. El desprecio es la mejor arma para acabar de una vez con la persona cuando está en el fondo del pozo. Sin embargo, para el cambio verdadero en la vida de alguien, basta solo que una persona crea en su recuperación. Y generalmente, es alguien que está cerca.

Cuando nadie más creía

En el caso de Amanda, su amiga Beatriz Pinto de Carvalho, de 23 años, asistente auditora, creyó: “Veía el interés de Amanda en participar de los encuentros semanales que enseñaban a cómo tener esperanza en uno mismo, además de las ganas de aprender que tenía. Para mí, todo el mundo tiene ganas, solo basta querer”. Y Amanda quiso. Poco a poco, la joven fue abandonando su apariencia rebelde, dejó de frecuentar a las fiestas con drogas, bebidas y prostitución para transformarse en una linda mujer, querida por sus amigos, que esta vez, asegura, son sinceros. “No aguantaba más esa vida. Mis amigos de esa época estaban enojados con Dios y usaban las páginas de la Biblia para aspirar cocaína. En mi interior, quería salir de esa vida”, revela.

Hecton, que aún era Sabrina, quedó debilitado por el consumo de drogas. Delgado, débil y casi sin esperanzas, fue salvo de caerse de un viaducto por un mendigo. “Fui a vivir abajo de un puente, donde conseguí un novio. Agotado de eso, miré al cielo y Le imploré a Dios para que me ayude a terminar con mi dolor.” Una semana después, vino la respuesta: un voluntario de la Universal apareció y conversó con él: “Aquella persona extendiendo su mano hacia mí, cuando yo no era nadie, fue un rayo de esperanza.”

Esa persona era Jair Pereira Freire, de 60 años, comerciante. “Había contratado a un albañil que desapareció después que le pagué por adelantado. Fui a buscarlo en una construcción abandonada, y llegando allí no lo encontré solo a él, sino a un grupo de jóvenes abandonados y drogados”, cuenta sobre el escenario que haría que cualquiera se fuera lo más rápido posible. “Pero quise ayudarlos, era mi deber. Les pregunté quién quería cambiar de vida y solo Hecton se mostró interesado. Vi sinceridad en sus ojos y tuve la certeza de que cambiaría”, recuerda el comerciante.

Para Dayane, rechazada por sus padres y cada vez más hundida en la tristeza, la muerte era la única salida para las inseguridades y resentimientos que crecían adentro de ella. “No tenía a personas verdaderas a mi alrededor y sentía mucho la falta de mis padres que no querían saber nada más de mí. Un día, decidí tirarme de lo alto del piso en donde vivía, no tenía nada que perder”, cuenta ella. Fue impedida de cometer lo peor por la madre del amigo que vivía con ella, la ayudante de servicios generales Maria do Socorro Martins Pontes, de 44 años. “Siempre la veía llorando. Ese día, decidí ir tras ella y la encontré a punto de suicidarse. La llamé para conversar. Por el sufrimiento, creí que ella quería cambiar. Por eso, estuve a su lado dándole apoyo. Fui con ella para que se inscribiera en la escuela, inclusive convencimos a la directora para que ponga su nombre de varón en la asistencia para no avergonzarla”, explica Maria. “Ella me escuchó, le prestó atención a mi sufrimiento y me invitó a ir a la Universal”, recuerda Dayane.

La misma inseguridad experimentada por Dayane era constante en la vida de Luís Paulo. Para él, morir era el destino evidente de una vida que no tenía propósito. “Hasta que un amigo me invitó a ir a la Universal. Estaba tan angustiado por dentro que no lo pensé dos veces y fui”, recuerda. Para los padres, la búsqueda de Dios fue lo que salvó a su hijo. “Su madre y yo nos alegramos mucho cuando comenzó a concurrir a la iglesia y a cambiar. Siempre creímos en él. Hoy, mi hijo me llena de orgullo, solo tengo para agradecer, principalmente a Dios, por todo esto”, cuenta Paulo Alfonso dos Santos, de 46 años, trabajador rural y padre de Paulo.

El final de la historia de los cuatro puede ser verificado en las imágenes. Amanda quiere cursar administración de empresas para abrir su propio negocio, pero realmente sueña con servir en el Altar: “Sé que es un llamado y que no depende de mí. Pero creo en los planes de Dios, Él me rescató por un motivo”.

Dayane terminó la secundaria y ya planea: “Voy a estudiar en la facultad de audiovisual, solo estoy esperando la respuesta de los exámenes de ingreso. Seré una profesional exitosa”, cree. “Quiero tener una vida de calidad, casarme y ser madre, pero nunca sabemos los sueños que Dios tiene para nosotros, ¿verdad?”, bromea.

Hecton ya se inscribió en un curso para retomar los estudios el año que viene y piensa en grande: “Incluso voy a cursar ciencias contables, quiero administrar varios negocios, es un área que exige enfoque y buena mente, lo que ahora tengo. Pero si Dios me necesita en la Obra, dejaría todo con mucha alegría para servirlo”, confiesa.

Luís Paulo quiere abrir su propio negocio: “Quiero tener un restaurante. Ya lo tengo todo planeado, de día serviría comida casera y a la noche pizza”, pero, en realidad, su sueño es otro. “Abrir mi propio negocio es mi sueño para transformar a mis padres en jefes y que no necesiten trabajar más para nadie. Lo que realmente quiero es ser periodista.”

Ya lo decía la tradición hebrea: “Quien salva una vida, salva al mundo entero”. Hasta el 2013, millones de mundos fueron salvos con la ayuda de la Universal. Y que venga el 2014, después de todo, el mundo es infinito.

El obispo responde

Todas las historias relatadas aquí poseen un denominador común: el vacío espiritual. El obispo Guaracy Santos explica los motivos y enseña a combatirlos.

Después de acompañar a miles de casos en estos casi 30 años de Obra, ¿por qué usted cree que la mayoría de las personas llega a la Universal en el fondo del pozo?

Creo que el fondo del pozo y el encuentro con Dios están muy cercanos, porque, hasta que se llegue a uno, la persona se rinde a la necesidad del otro. Por eso, Jesús dijo que es más fácil que un rico pase por el ojo de una aguja que entre al Reino de Dios. Hoy, tenemos un número record de personas viviendo tomando remedios con prescripción médica.

¿Por qué existe esa “depresión generalizada” en los días de hoy?

Porque el mundo está cargado. Ese vacío del alma es universal, no es algo diabólico, es algo natural del ser humano, todo el mundo nace con él. Las personas viven siempre en función de los mismos sueños: conseguir un buen trabajo, casarse, tener hijos y al final, queda vacía por dentro, porque falta un encuentro verdadero con Dios, solamente Él es capaz de tapar el vacío espiritual.

Si usted se siente identificado con alguna de estas historias o conoce a alguien que este pasando por eso. Sepa que hay solución, solo tiene que participar este viernes en alguno de estos horarios: 8, 10, 12, 16 o en especial a la 20 en la Universal de Av. Corrientes 4070, Almagro.

O busque una iglesia Universal en cualquier parte del mundo, haciendo clic aquí.