Vidas robadas

Según la coordinadora de la línea 145 del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, que denuncia la desaparición de personas, la situación es preocupante. Se reciben alrededor de 100 denuncias por de-sapariciones por día. Según advierten, no es necesario esperar 48 horas para denunciar la desaparición de una persona.

El organismo revela que cuando una persona desaparece, puede tener varios destinos:

Reducción a servidumbre o trabajo forzado: Este se da en talleres textiles, trabajo rural, fabril, casas particulares o en cualquier otro rubro.

Prostíbulos encubiertos: En nuestro país la explotación de la prostitución ajena es un delito y los prostíbulos están prohibidos aun cuando sigan operando bajo otras denominaciones como Café Bar, Night Club, cabaret, whiskería, casa de masajes o privados.

Terminar en avisos que promuevan o soliciten la explotación de personas con fines de prostitución: Ya sea en medios gráficos, sitios de internet (Facebook, páginas web u otro) o volantes de promoción sexual ofertados en la vía pública.

“Fui vendida a una red de prostitución”

Elena Rojas fue víctima de una red de trata, pero eso no impidió que usara su fe para construir una historia diferente. Hoy ella sonríe junto a la hermosa familia que formó porque se siente segura y sabe que el amor entre ellos es verdadero. Ella con tan solo 13 años fue vendida por su propia madre a una red de prostitución. Tiempo después, cuando logró escaparse, terminó internada en un Instituto de Menores y al salir su madre la esperaba para venderla nuevamente.

“Fui golpeada, abusada y pasé muchas humillaciones. Mi vida había perdido sentido, vivía drogada y alcoholizada, no sentía nada ni era consciente de lo que hacía o me hacían. Mientras estaba sobria, logré escapar nuevamente. Salté un muro y me fui. Empecé a buscar trabajo, pero nadie me tomaba. En ese tiempo conocí a un muchacho y al año nos casamos. Durante tres meses fuimos felices, pero él comenzó a pegarme, me desfiguraba el rostro”, revela Elena, quien intentó suicidarse en dos oportunidades. No tenían ni para comer. Para colmo, debido a un cortocircuito perdió a dos hijas calcinadas. “Las nenas murieron quemadas delante de mí, tuve que levantar sus cuerpos del piso después del incendio. Ese fue el límite, ya no quería vivir más.

Llegué a la Universal sin creer en nada pero me orientaron y luché para que mi vida cambiara. Decidí perdonar y de a poco mi matrimonio fue cambiando. Ahora, no nos falta nada y somos felices. Puedo afirmar que mi vida fue transformada por completo”.

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