¿Quién está hablando?

¿Quién habla? Es común hacer esa pregunta cuando atendemos el teléfono y no reconocemos la voz que está del otro lado.

Eso sucede porque es alguien con quien no habla habitualmente. Para volverse una voz familiar, es necesario que sea oída constantemente, de lo contrario no podrá ser reconocida.

Si lo pensamos desde el punto de vista espiritual, eso también sucede con la voz de Dios. Un ejemplo es lo que pasó con el profeta Samuel, cuando era un niño y oyó la voz de Dios por primera vez:

“El Señor llamó a Samuel; y él respondió: Heme aquí. Y corriendo luego a Elí, dijo: Heme aquí; ¿para qué me llamaste? Y Elí le dijo: Yo no he llamado; vuelve y acuéstate. Y él se volvió y se acostó. Y el Señor volvió a llamar otra vez a Samuel. Y levantándose Samuel, vino a Elí y dijo: Heme aquí; ¿para qué me has llamado? Y él dijo: Hijo mío, yo no he llamado; vuelve y acuéstate. Y Samuel no había conocido aún al Señor, ni la palabra del Señor le había sido revelada. El Señor, pues, llamó la tercera vez a Samuel. Y él se levantó y vino a Elí, y dijo: Heme aquí; ¿para qué me has llamado? Entonces entendió Elí que el Señor llamaba al joven.”, (1º Samuel 3:4-8).

Todos los héroes de la fe a los que se hace referencia en la Biblia, tuvieron en común que oyeron la voz de Dios y la obedecieron.

No fue suficiente oír y obedecer Su voz, sino que también tenían que tener la plena convicción de que Dios estaba hablando con ellos. Pero, si no reconoce la voz del Altísimo, no podrá tener intimidad con Él.

Quizás, usted tenga el deseo sincero de obedecer Su voz. Pero, por no cuidar la relación con Él, por distraerse en otras cosas, no logra reconocer que Él le está hablando. Además, por no escucharlo, termina dándole oídos a otras voces que lo distancian de Dios.

El obispo Macedo señala que solo tienen sensibilidad para oír Su voz, los que viven en espíritu: “No es difícil oír la voz de Dios, difícil es tener oídos para oírla. Dios habla, pero de qué sirve que hable si no Lo oyen.

Solo estando en espíritu, se está en condiciones de oír y obedecer Su palabra”, destaca el obispo. Cuando cuidamos la relación con Dios, no dependemos de terceros para oír y atender Su voz.

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